Sermon segundo (Cristianismo e Iglesia II)

 

(Sermón sobre Lucas 17,20-33 pronunciado en la iglesia de Santa Cruz, Copenhague el domingo 12 de noviembre 1.989)


Si hoy me quisiera hacer pasar por domador de leones, sin duda me preguntaríais dónde está el león. Entonces yo podría contestar, o que es invisible, o que todavía no ha llegado. Vosotros probablemente no aceptaríais ninguna de las dos explicaciones.
Y ahora viene el nazareno y afirma que es el Mesías, o por lo menos lo da a entender. Esto no era un fenómeno nuevo al clerigo judío, que con frecuencia se enfrentaba a tales afirmaciones. Casi se siente alguna jovialidad en la pregunta de los fariseos por el reino.
Mesíah significa el ungido, o sea el rey, aquel rey de los reyes de que hablan los profetas, la esperanza de un pueblo oprimido de un hombre fuerte que aseguraría el dominio universal de la belicosa tribu . Si ahora Josue -o Jesús, como le llamamos los latinizados- es aquel Mesíah, ¿entonces dónde está su reino? ¿Por qué no viene?
Es de él que canta David: ¡Suprime al malhechor! ¡Sus enemigos lamen el polvo!
Pero este Jesús parece bastante pacífico. Da vueltas por allí con su puñado de discípulos, pero no hay nadie que toca el schofar, exactamente, cuando aparezca. O sea: ¿Cuándo vendrá ese reino?
Y Jesús contesta, como esperado, en dos maneras que parecen excluir uno al otro. Por un lado el reino parece ser invisible, al otro es tan manifiesto como una tronada.
Por lo tanto, el reino viene en dos turnos. Primero, ya ha llegado, pero como una realidad "interna", subjetiva.
Segundo, tenemos el reino como vendrá en el "día" de aquel Hombre, que se identifica con el fin del mundo, pues se compara con el diluvio, es lo que en el lenguaje de la iglesia se llama el "día del juicio final", el último día. Cuando se ponga el sol en aquel día, nunca más volverá a salir.
No podemos dudar que el fariseo se haya marchado sonriendo y meneando la cabeza, como haríamos de vuestro servidor como domador de leones con un leon invisible o retrasado. ¿Por qué mirar de otra manera al testimonio de Jesús?
La respuesta está en lo que el testamento llama FÉ. Ese pistis no debe tomarse en sentido estrecha, tengo fé que vaya a llover mañana.
Con fé quiere decir confianza y fidelidad. Es el sentimiento que sentimos para nuestro amor, que no creemos capaz de ningún mal, y en cuyas manos confiamos nuestras vidas sin la menor duda.
Si ella nos dice: Haz eso, o : Así es, no dudamos de sus palabras sino que le obedecemos sin reparo. Es la fé que no pide pruebas visibles, ya que no es capaz de ver nada, es perfectamente ciega.
Hoy, oímos con frecuencia que tenemos que ser críticos. Pero el amor no conoce a tal crítica, tan poco como el crítico al amor.
Tanto nos gustaría tener ambas cosas, amor y dignidad, cariño e integridad. Así se defiende Brutus delante Cassius: I do not love your faults! Pero si creemos que podemos ganar nuestro amor o Cristo conservando tal sentido crítico, nos equivocamos.
Se dice que una vez un rabí juntó sus discípulos en torno suyo, y cuando empezaron a hablar del Mesíah, el rabí dijo: ¡Mesíah vendrá hoy! Cuando cayó un silencio de la muerte sobre la reunión, siguió, preguntandoles: ¿Creéis vosotros que Mesíah vendrá hoy? Después de otro silencio penoso, el discípulo más atrevido balbuceó: ¡No, maestro!
No, contestó el rabí. Y por eso tampoco viene.
Y por eso tampoco vino cuando yo monté este púlpito la última vez y pronuncié mi sermón, después del cual me apretaban la mano y me daban golpecillos en el hombro, por que ¡eso sí refrescaba! ¡Y os tendré que decir, que si alguno en aquel día hubiera metido las rodillas en el empedrado, gritando: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! entonces hubiera venido!
Y con eso, habremos vuelto a donde empezamos. Tenemos que confiar en ese domador de leones sin león o dejarlo. Si confiamos en el nos hará como reyes en la tierra del futuro, si no, serémos como muertos allí.
O sea, que no tenemos que contar nuestra calderilla. Tenemos que preguntarnos: ¿Este tiene los ojos y el grito de león?
Por que nadie que se atreva a mirar es capaz de equivocarse. No es posible tomar la charla dominical del cura de oficio por el grito de león del profeta.
Concluído aquel sermón un párroco conmovido montó el púlpito y proclamó sin ganas las palabras proféticas. La respuesta del venerable se convertió en una frase susurrada, lo demás se quedó en su garganta.
Nadie puede equivocarse. Pero podemos sacudirnoslo de encima.
Podemos salir al sol deprisa y convencernos que todo habrá sido un truco. Lo sacó de la manga.
Esta noche incluso va a haber un debate. Eso es la runa de sueño y trompa de salvación de nuestra era.
Aquí podemos derrochar lo poco que hemos aprendido. "Discutible", como se llama tal programa de la tele. Y es que todo es discutible, gracias a Dios.
Aquí discute el agresor con su víctima, el marido con la mujer, el opresor con el subyugado. Aquí discutimos el amor y la vida, tendidos comfortablemente en el lecho del funerario.
Pero la vida no se deja discutir. La vida corre a la ayuda, a la venganza, a la lucha, a la abnegación.
Bien estamos vivos, o estamas discutiendo. Por lo tanto: ¡A discutir!
¡No os hagais los buenos! No sois buenos, tan poco como sois malos.
Si sólo fueráis malos, tal vez podríais ser salvados. Si estuvierais llenos del gozo carnal sería posible guiaros a un gozo más grande que el carnal.
Si fuerais bandidos, podríais ser perdonados en la cruz. Pero no sois en absoluto.
Aun así, intentemos comprender lo que Cristo quiere decir. ¿Qué será, primero, el "reinado dentro de nosotros"?
¿Cómo puede un reinado, o tal vez mejor dicho: dominio, estar dentro de nosotros? La respuesta es que dejamos que Dios reine en nosotros.
Esto es el dominio invisible de Cristo en la tierra, que transciende todo poder secular y clerical externo y visible. ¿Qué significa un cura, un obispo, un papa contra ese dominio?
Cuando Luther nos dio una Biblia que podíamos leer, eso era su propósito, que seríamos nuestros propios curas en un servicio divino eterno, interno. No había pensado que volveríamos a confiar en una autoridad clerical.
Vemos como el reino y la fé están íntimamente vinculados, el cristiano es como un hombre que vive en un país extranjero, pero todavía es fiel a su propio país y su monarca. Así, arriesga fácilmente que le consideren un traidor contra el país al cual ha emigrado, y eso también es lo que ocurre con el cristiano.
La patria del cristiano no es el mundo, y por eso tiene que traicionar con cada respiración al mundo, la vida y todos sus representantes, gubernantes y ciudadanos. Es un enemigo público, un espía de un poder estranjero, cuyos planes de conquista apoya.
Odiado y perseguido aguardando el día, como la resistencia francesa esperaba el "D-day", odiados y proscritos. ¡Qué lejos no está ese ejército subterráneo de los gordos y flegmáticos pastores eclesiásticos de hoy día!
En aquel día el reinado invisible será visible, sí, visible a todos, pues ¿cómo ocultar el fin del mundo? Y como hasta los ocupados llegaban a odiar a los liberadores que bombardeaban sus ciudades una y otra vez, nosotros tampoco aguardamos la liberación del mundo con exagerado entusiasmo.
Por eso el evangelio tampoco es para nosotros, sino a los pobres del espíritu. No somos esclavos negros pudiendo, como dice la canción, "forget our troubles" y "get ready for the day".
Para nostros los burgueses acomodados la destrucción mundial no es una promesa sino una vaga pesadilla. No nos cuesta mucho reconocer las visiones apocalípticas en la destrucción total de la guerra nuclear, pero no nos da mucha ilusión. Somos como presos que lo han sido tanto tiempo que temen a la puesta en libertad más que a ninguna otra cosa.
Aun así nos llamamos cristianos, aun así adornamos a todas nuestras esperanzas mundanas de sanidad y vida familiar con la sangre de Cristo. El propio Satán sería incapaz de idear un ultraje más exquisito.
Los supervivientes de Hiroshima describen con seguridad física al relámpago que lucía de un lado del cielo al otro. Y todavía una película actual describe la destrucción mundial como el plan del Diablo, que "Dios" quiere frustrar.
¡Como si Satán tuviera algún interés en derribar a su propio reino! Tan lejos hemos llegado en la incredulidad y la apostasía.
Al mismo tiempo, esto está previsto: Lo que pasó en tiempo de Noé pasará también en el tiempo de este Hombre: comían, bebían y se casaban ellos y ellas hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por esta generación.
Entonces ¿cuando vendrá la destrucción? Cristo dice que "hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte antes de ver este Hombre llegar en su reino".
Eso se dice alrededor del año 28. Quiere decir que podemos determinar que el Juicio Final debía acontecer en el primer siglo.
No se fecha más exactamente hasta que Juan en su apocalípsis habla de siete colinas y siete reyes, eso es, siete reyes o emperadores romanos. Cualquier persona que haya visto "I, Claudius" en la tele podrá hacer el cálculo. Los cuatro primeros son Augusto, Tiberio, Caligula y Claudio.
El quinto es Nerón, quien desde un punto de visto cristiano se distingue significativamente de los otros, ya que era durante su dominio que empezaron en serio las persecuciones contra los cristianos. Y también sabemos que la bestia cuyo nombre es 666 refiere a ese emperador.
Para el mundo contemperáneo, sin embargo, no sólo era un tirano sino un dios incarnado, cuyo culto fue difundido por el imperio por "profetas falsos". Para sus seguidores no era más mortal que Cristo, y ese mito de "Nero Redivivus" está, en el tiempo en que escribe Juan, asimilado por el cristianismo.
Es aquella de las cabezas de la bestia apocalíptica que está herida hasta la muerte pero que luego se cura. Es el octavo rey y al mismo tiempo uno de los siete, es decir, Nerón reencarnará en el octavo emperador de Roma.
Después de Nerón vendrá Vespasiano quien "está ahora", y Tito, que "no ha llegado todavía y cuando llegue durará poco tiempo", es decir, dos años. Así, el octavo empreador será Domitiano, quien también revitaliza tanto el culto del emperador como las persecuciones contra los cristianos.
Entretanto, hemos llegado al año 81. Han pasado más de cincuenta años desde la profecía original, pero queda la posibilidad, por lo menos hipotética, que algún contemporáneo de Cristo todavía esté vivo.
Todos los señales, en cambio, están presentes, ¡pensad en Pompeya y Herculano! Domitiano es el Anticristo que tendrá el mando cuando llegue el fin del mundo.
Más tarde, se ha identificado los señales con la primera guerra mundial o se ha pensado que refieren a un futuro lejano. Pero eso no hace la menor diferencia.
No puede existir ninguna duda histórica de que era a esta marcha de acontecimientos que se estaban referiendo Cristo y Juan. La inevitable conclusión para cualquiera con un grano de educación histórica es, por lo tanto, que cuando Domitiano es matado, en el año 96, por su guardia, la destrucción mundial y el regreso de Cristo están suspendidos.
El mundo resultó ser el más fuerte, o si se quiere: No amabamos bastante a Dios. La historia está llena de tales promesas suspendidas.
Normalmente, la secta correspondiente se disuelve rápidamente. Pero no el cristianismo.
La batalla mundial ha terminado, extrañamente, sin resolver. Cristo no podía acabar con el mundo, pero el mundo tampoco podía acabar con Cristo.
Es verdad que el cristianismo sobrevive en una forma bastante extraña. El destructor del mundo mantiene al mundo como los demás dioses.
Se como, bebe, se casan ellos y ellas, pero todo eso pasa en el nombre de Cristo. Es el cristianismo "pagano" que domina las masas.
En la ascética y transcendente versión original el cristianismo sólo sobrevive en el monasticismo. Otra vez el camino es estrecho, y pocos los que lo pisan.
Y cuando Luther saca el esquéleto del armario y acaba con la política eclesiástica, sólo logra subyugar la iglesia al poder público. Es el golpe fatal del cristianismo.
Vivimos, pues, como tantas veces se ha profetizado, en los últimos tiempos. Pero como bien puede ver cualquiera que tiene ojos, no son los últimos tiempos del mundo, sino del cristianismo. El cristianismo es un fenómeno puramente histórico.
¿Entonces por qué insistí en tomar este púlpito el décimo tercero domingo después de la fiesta de la trinidad? Ojalá que os lo pudiera explicar. Pero otra vez estoy como un domador de leones sin león. Y otra vez tendréis que macharos sonriendo y meneando la cabeza, como escribe Kierkegaard, entre la risa común, porque todos lo creen una broma.
El problema es que vuestra fé en realidad es una incredulidad. Sois como los padres hablando con los hijos de lo que dice el osito, pero si una vez el osito de peluche guiñaría un ojo, diciendo: ¿Me invitas a una cerveza?, tendrían un paro cardíaco.
Yo no creo que alguno de vosotros reaccionaría de otro modo, si llegara a ver un ángel. Es por eso que Cristo os llama hipócritas.
Os embelesáis de los ángeles de cromo de vuestro niñez y insistís que dais fé al testimonio de ángeles en el testamento pero si alguien afirma haber visto a uno, hablais de sugestión y esquizofrenía. Mirad, por lo tanto, en vuestros corazones y juzgad si sois menos merecedores del escarnecimiento del salvador que los judíos con quien se disputaba.
Y aun así hace falta que se diga esto: Que vamos hacia el fin de un reino milenario, dimilenario.
Que la historia es algo más que coincidencias y leyes económicas. Lo creíais una vez, en el plan mundial y la providencia, ¡os acordaréis!
Y todavía creís que el futuro de la iglesia depende de las parroquías y la tirada de los periódicos cristianos. ¿Habeis olvidado al Dios que pone medida a vuestros días y los fija en 120 años o 2000 años o 10 años?
Bueno, yo estoy aquí para traerlo a vuestra memoria y para deciros que el tiempo se está acabando. Aun así, los aduladores del diablo entre vosotros no se tienen que preocupar pues no he venido para advertir que el mundo va a perecer sino que no va a perecer.
En nuestro tiempo cómodo se habrá olvidado que antes de la muerte viene la agonía y que la agonía tiene vida, es la vida que surge para la última lucha contra la muerte. El médico habla de la crísis conduciendo a la vida o la muerte inmediata.
Hoy se ha convertido en una palabra tan popular que hemos olvidado ese sentido. A la crísis del cristianismo sigue la resurrección o la muerte del cristianismo.
Esta crísis es lo que llamamos los años ochenta, algo que advertí en un libro de 1.979 que no sin razón es odiado y aborrecido por todos cristianos de nombre. Ahora estamos a 1.989, y de los ochenta quedan menos que dos meses.
En todo el mundo se ha dado esta advertencia, no desde la Santa Sede o los concilios ecuménicos, pero como aquí a un puñado de personas, bajo las mismas condiciones, como fue predicado en su tiempo el cristianismo.
Cuando yo soy el de este país por quien viene esta palabra no es porque yo soy un cristiano modelo, o del todo un cristiano, pero sólo porque los curas y obispos venerables han cerrado hace ya mucho tiempo sus ventanas al graznando pájaro del espíritu. He hablado porque me han mandado hablar, como se puede encargar un ladrón a llevar dinero, si es el único que puede correr.
Hace doce domingos invité a una boda. Esta noche dirijo el funeral.
¿Comprendéis el terror? ¿Comprendéis el horror que se hizo dueño de todo el mundo clásico cuando llegó el mensaje que el gran dios Pan había muerto?
¿Podréis sentir el silencio después de la muerte de un dios? ¿Pero los bacalaos cómo van a echar de menos el sol?
Como Abrahán, fui mandado a encontrar diez justos en Sodoma. Encontré hombres sentados en sus manos, con la mirada gacha.
Bueno, habeis elegido. ¡Que os pase como creís!

 


 

Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff
All Rights Reserved
This text may under no circumstances be resold or redistributed for compensation of any kind, in either printed, electronic, or any other forms, without prior written permission from Borgen Publishers.
For further information contact Borgens Forlag,
Valbygaardsvej 33, DK-2500 Copenhagen Valby, Denmark, phone +45 46 36 21 00, fax +45 36 44 14 88