6 de Agosto 2000 (El castigo)

 

"La moralidad," dijo Arthur, "es absolutamente relativa."
"Los valores fundamentales no cambian," dijo León.
"¿Y cuales tendrían que ser?"
"No perjudiques a tu prójimo."
Roland sonrió con altivez, esta era su propia salsa. "¿Y el heroísmo? ¿Valor en la guerra? Muchas culturas han dado muchísima importancia a la virtud de saber perjudicar bastante al enemigo..."
"Pero en el fondo lo que dice León tiene que ser verdad, ¿no?" opinó Eve. "La vida no tiene su propia moralidad? ¿No nos castiga, al fin y al cabo, por las picardías o estupideces que cometemos?"
"Yo creo en el castigo," dijo Judith en voz sombría. "Yo creo en el infierno." De repente, todos nos volvimos hacia ella.
"Yo conocía un hombre," dijo, "que fue castigado. No por una autoridad terrestre, pero sin embargo fue así.
No puedo explicar exactamente cómo ocurrió. Pero sé que fue castigado." "¡Pues adelante!" dijo Arthur.
"Era en los años cincuenta, cuando todos esperaban una guerra atómica mañana pasado. La tele estaba llena de maniobras de la milicia nacional y anuncios de refugios lujosos, y el "survivalism", que luego llegó a ser tan popular, echó sus primeras raíces.
Ronald Lake y Richard Douglas se conocieron acudiendo a una de aquellos discursos, qué-pasa-si-pasa-lo-peor. Ronald era uno de aquellas personas que no se puede dejar de querer, un hombre bueno que no llega a ser inoportuno y bochornoso.
Un hombre de quien se podía prestar una gran cantidad de dinero sin sentir que se le debía más que el dinero, si sabéis lo que os digo. A Richard también cayó muy bien, y sin duda podrían haber sido los mejores amigos del mundo si no hubiera sido por una sola cosa: la mujer de Roland.
Pues, después del discurso Douglas se quedó hablando con Richard, quién tenía sus modales encantadores. Douglas era despabilado, agudo pero en una manera divertida, cuando uno estaba en su compañía sentía su intelecto como una llama ardiendo, simulando al más exquisito fuego de hogar.
Lake insistió en intentar llevar aquel ejemplar único a su casa para presentarle a mrs. Lake. Acaso Ronald Lake estuviera dotado con un regusto de vanidad.
Tenía que darse cuenta de cómo gemían sus hombros de algodón bajo los amables golpes de sus amigos, de que su desbordante amabilidad con frecuencia andaba amenazadoramente cerca de la indulgencia. Y por eso Ronald Lake siempre quería llamar la atención si hubiera leído un libro, y Richard Douglas era un libro vivo.
Sin hacer ningún esfuerzo o estar consciente del hecho, su cerebro había absorbido la mayoría de todo lo que había oído o leído. Era verdad que la mayoría eran cosas triviales, pero en el reino de los ciegos el tuerto es rey, y un hombre que sabe dos libros de memoria puede parecer un experto a cualquiera durante las tres horas y media que dura una tertulia.
Richard dejó, de mala gana, que le llevase. También era un poco curioso. Le gustaría ver a mrs. Lake, y en su imaginación ya la había pintado como una mujer pequeña con un olor de hojuelas en el pelo. Si sólo hubiera sido así.
Pero mrs. Lake era la mujer más encantadora que Richard recordaba haber visto jamás. Su nombre tampoco era Janet o Rose, sino Sheba.
Sheba. Una salvaje belleza rubia con grandes y tiernos rasgos y los ojos como un ciervo acobardado.
Roland no se enfadó por la fija mirada de su amigo. Lo tomó como un cumplido. Esa fue su sentencia de muerte.
Por supuesto, la idea de asesinar a su nuevo amigo no se le presentó enseguida a Richard Douglas. En un comienzo, sencillamente estaba paralizado.
Las observaciones de su amigo cayeron en el vacío, algo que es muy probable hubiera sido su suerte en cualquier caso. Douglas sólo podía estar sentado en el gran sillón con su cabeza medio dislocada, siguiendo los movimientos de ella como iba entrando y saliendo.
Como pasa a muchos hombres con esposas hermosas, mr. Lake parecía darlo por supuesto que mrs. Lake era una belleza cautivadora. Tal vez ya no lo veía.
Richard pensó que era un payaso. Pensó en cómo iría a la cocina para hacerle un cumplido que sería el primer paso.
Y entonces -y eso fue lo peor de todo- comprendió que mrs. Lake adoraba a su marido. Le admiraba, para ella era un gigante intelectual.
Sencillamente era incapaz de imaginarse que pudiera haber hecho una mejor elección. Y en la misma manera él la idolatraba a ella, no por ser bella como una diosa sino porque le hacía sus comidas favoritas, porque era su confidente, su compañera de la vida.
Y por primera vez en su vida, Richard Douglas sintió indecisión y miedo. Un pensamiento entró en su cerebro con violencia, exactamente lo que menos quería pensar, que esta mujer, cuya urbana sonrisa era como un puño agarrando a su corazón, estaría por siempre fuera de su alcance.
Probablemente no entendería en absoluto sus acercamientos hasta que fueran tan violentos que se confiara a su marido, y le echarían como el insoportable zoquete que era. Antes de despedirse aquella noche, Ron y Dick, habían quedado en volver a verse.
Richard tenía que ver otra vez a mrs. Lake, así de fácil. Y así continuó. Continuó hasta que Richard quería levantarse, echarse al cuello de Ronald, clavar sus dedos en los hombros de Sheba y apretar su boca contra la de ella. Al final dijo que ya no tenía tiempo.
Hizo su mochila y se fue a las montañas como había hecho antes, teniendo algo en que pensar. Pero la agradable soledad había sido substituida por un vacío roedor.
Agotó a sí mismo, escalando rocas sin importancia y contemplando puestas de sol incandescentes. Hasta que un día se encontró equilibrándose en el punto decisivo de su vida.
Miró hacia atrás, acordándose de lo que apenas le fue consciente cuando pasó. Había llegado a un lugar en que tenía que saltar de una piedra a otra para poder seguir.
Parecían estar tan contiguas, y no había visto el abismo debajo. Ahora estaba allí, temblando y jadeando por el salto que por poco le había costado la vida.

Tal vez moría en aquel momento y era otro Richard Douglas que al día siguiente volvió a visitar a su amigo. Que no hizo ningún caso de su hermosa mujer, que alabó excesivamente a Lake por su previsión y le invitó a acompañarlo en una excursión de supervivencia. Como queda dicho, Lake no era superdotado, y fue fácil convencerle que las habilidades de explorador que su amigo le enseñaría serían capaces de salvarlo de la muerte termonuclear. Mrs. Lake también les podía acompañar, pero su marido declinó, asegurando que eso sería demasiado duro para ella. Douglas hizo una sonrisa cruel. Sabía que Ronald no quería que su mujer le viera en el humillante papel de alumno. Luego, sabía Douglas, el propio mr. Lake saldría con ella a otra excursión semejante, enseñándole todo con la auténtica autoridad de un marido.
Douglas apretó el paso. Sabía que Lake, que no estaba acostumbrado a tales exerciones le seguiría jadeando, incapaz de confesar su inferioridad física.
Tranquilamente guió sus pasos hacia las dos rocas. Tampoco se detuvo cuando las alcanzó, sino que juntó todas sus fuerzas con un aire negligente, y saltó.
Escuchó por el jadear de su amigo, pero no oyó nada. Había decidido no volverse, pero por fin lo hizo.
En un instante que parecía interminable, su amigo quedaba suspendido entre las dos rocas. El payaso ya se había arrepentido al tomar ímpetu, y no se estaba acercando si quiera a su destinación.
Luego su asustada cara desapareció, y Richard oyó una secuencia de chasquidos pero ningún porrazo. Le temblaban las carnes cuando se acercó al borde para mirar hacia abajo.
Lake se hallaba estrujado, unos cincuenta metros hacia abajo. Su cabeza estaba reemplazado por una mancha que en la sombra parecía morada. No intentó recuperar el cadáver. Sería un poco estúpido, se dijo, si él también perdiera la vida.
En lugar de eso volvió y avisó a las autoridades. Al final fue a visitar a mrs. Lake.
Le explicó, conmovido, lo que había pasado. Maldijo el lugar, la excursión, a sí mismo.
Un triunfo infernal le invadió cuando sintió qué convincente era. Vio en sus ojos que estaba triste, asustada.
Pero también había otra cosa.
El, Douglas, le daba lástima.
Si no era culpa suya. No tenía por qué reprocharse a sí mismo. Entonces Richard empezó a llorar. Se alabeó y sollozó profunda y felizmente.
Aun estaba temblando cuando llegó la policía. Al final un médico le dio un tranquilizante.
Sheba lo acostó, Sheba estaba entrando y saliendo del cuarto con tónicos y miradas preocupadas. Debajo de la colcha, el tórax de Richard se llenó de orgullo y alegría porque era la primera vez en su vida que había jugado fuerte y había salido ganando.
El resto fue bastante fácil. Richard le contó qué hombre más magnífico había sido su marido, y ella le atendió, devotamente.
Le parecía que era su deber de viuda escuchar todos aquellos disparates, acercándose más y más en el sofá. El luto era grande pero sabían consolarse. Y antes de transcurrir el año, Sheba se había convertido en mrs. Douglas. No se le ocurrió a Richard Douglas que había cometido un crimen matando a su amigo y casándose con su mujer."
Judith indicó con una larga pausa que ahora había llegado el punto crítico de su relato. Tan largo, que Arthur, conforme al deber, musitó:
"¿Y entonces qué?"
Evidentemente era eso que había estado esperando. Hizo una sonrisa desbordante.
"Entonces, Richard Douglas se despertó. Despertó como lo había hecho mil veces antes, y aun así tan perplejo como siempre. Y entonces, como en el pie, el dolor llegó a su pecho, mojando sus ojos, y la realidad le inundó como una oscuridad.
Richard Douglas no había matado a Ronald Lake. Lo había soñado, eso sí. Lo había proyectado hasta el último detalle hasta que la completa marcha de acontecimientos le azotara, tanto despierto como en sus sueños. Al mismo tiempo que había seguido visitando a mr. y mrs. Lake, había seguido siguiéndola con los ojos, había seguido escuchando los ceremoniosos disparates de Ronald, sólo para poder verla un momento.
Y con la misma seguridad llegó la realización del tiempo. Una extraña vida de vueltas con refugios en compañía extraña, meses de abstinencia y por fin el inevitable regreso a Sheba, el destello de Sheba.
No parecía contener media hora de vida. Y no obstante esto había transcurrido cuarenta años."
Judith nos miró, seria. "Así que entendáis. Yo creo en el castigo. Yo creo en el infierno. ¿No es verdad?
Hace cuarenta años, Richard Douglas había cometido el crimen de no asesinar a su amigo para casarse con su mujer. Y el peor castigo, la mayor oscuridad que se puede bajar sobre un hombre es, con todo, la sombra de lo que pudiera haber sido."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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