8 de Agosto 2000 (La bondad y la dependencia)

 

"Las drogas," empezó León su cuento, "siempre han sido, como a Lydekker tanto le ha gustado de advertirnos, un problema para los hombres. Sí, lo sé, Roland, en algunas culturas son aceptadas en plan de igualdad con otros estimulantes que también se parecen en cierta manera.
Pero en una sociedad desarrollada como la nuestra son un problema, y ahora llevan por lo menos un siglo siéndolo. Originalmente era el opio, pero luego distintas drogas han sido populares en distintas épocas.
En los años setenta era la heroína, en los ochenta la cocaína se convirtió en un vicio incluso en las clases más altas, y en los noventa los "designer drgus" tomaron posesión. No fue hasta las primeras décadas del vigésimo primer siglo, sin embargo, que la más peligrosa de todas estas inclinaciones llegó a ser un problema serio.
Esta dependencia era especialmente peligrosa por su carácter furtivo. Tomemos un ejemplo típico: Un joven va caminando por una calle cuando ve una vieja llevando paquetes.
Uno se le cae, y él lo recoge (en realidad la delincuencia organizada emplea exactamente este mismo truco). No parece tener cabida en la cargada señora, y el joven pregunta, nervioso, por dónde vive.
Algunas casas más hacia adelante, en la misma calle, averigua. Es ahora que lo deja si es prudente. Demasiados jóvenes piensan '¿por qué no?' y cogen algunos de los paquetes. Parece tan inocente.
Acompaña a la señora hasta su puerta, ella le da mil gracias, saca torpemente su cartera. El joven lo rechaza alzando la mano. No era nada. Luego va a su casa.
En verdad se siente muy bien, un poco más alto, un poco más fuerte. Sus padres se extrañan y se alegran de su buen humor.
No saben que su hijo ha dado el primer paso hacia una dependencia que puede destrozar su vida. Algo que le obstaculizará en su carrera profesional y que en el peor caso le puede convertir en uno de los expulsados de la sociedad.
Bondad. Una irresistible inclinación que le obliga a hacer una buena acción tras otra hasta llegar al punto que no puede volver.
Tal vez se cree capaz de controlarlo. Pero no puede.
Siempre hay una buena obra más que tiene que hacer, sentir la exhilaración de ser bueno, hacer bien, beneficiar a su prójimo sin pensar en sí mismo, alegrarle y hacerle feliz. No lo puede dejar.
Y su vicio le pide sacrificios cada vez más grandes. Puede ser que al principio le baste dar un dólar a un mendigo para volver a sentirse bien, pero la cosa no termina allí.
Pronto gastará todo su dinero en personas necesitadas, y todavía no le bastará. Sus amigos empiezan a darse cuenta que anda mal vestido, que su coche es del año anterior, y -lo peor de todo- no le importa.
Todas esas cosas no le importan en absoluto mientras pueda dar, obrar bien, beneficiar.
Si intenta dejar el terrible vicio, vendrán los síntomas de abstinencia. Se sentirá como un privilegiado, un consentido que no piensa en su prójimo. Se siente como un piojo, como lo más inferior de todo.
Y el único remedio es una buena acción. Y sigue así.
Por supuesto, la delincuencia organizada tardó poco en darse cuenta del nuevo mercado. En meses, algunos barrios se habían convertido en un paraíso de la bondad.
Las calles rebosaban de señores impedidos y señoras que no podían conseguir un taxi. Con el tiempo, el ambiente fue aun más duro. En cada esquina se encontraba un mendigo lleno de cuentos de su madre cancerada y sus hijos hambrientos. La mafia daba aquellas esquinas en alquiler y las cobraba bien en porcentajes.
Muchas veces la policía conseguía detener a aquellos mendigos, pero los peces gordos se escondían tras sus bonitas apariencias. Si ellos no sabían nada de bondad.
Si la bondad no podía acabar con la víctima, lo harían a menudo las enfermedades consecutivas. La complicación más común era la conciencia política.
Muchos buenos empezaban a sentir que sus limosnas en realidad no servían para mucho, que la propia sociedad era injusta. Tales buenos podían acabar en la delincuencia.
Hay ejemplos de personas que, habiendo gastado sus propios recursos, cometían atracos a bancos para satisfacer su insaciable beneficencia. En algunos barrios el comunismo estaba tan difundido que no se podía hacer nada en absoluto.
Gastaron billones en una campaña de información para advertir sobre todo a los jóvenes del peligro que corrían. Un problema siempre creciente era que los jóvenes pasaban de la amabilidad a la bondad propiamente dicho.
Esta amabilidad, por su lado, podía ser el resultado de la presión del grupo . Quizá los demás sonrieran a uno, y quien no devolviera la sonrisa se arriesgaba a perder su posición en el grupo.
Una verdadera desintoxicación resultó ser impracticable. Primero intentaban aislar a las víctimas en sitios en que no les era posible hacer buenas obras. Otros dejaban que guardadores disfrazados de mendigos asaltaran al paciente. Películas educativas como "Borrachos de las estrellas" y "La matanza de las abuelas" eran proyectadas en escuelas y organizaciones juveniles.
Al fin y al cabo había que reconocer que sólo era posible aislar a estas personas en vez de curarlas. Un territorio sencillamente fue encerrado con un muro, y allí se dejó los buenos a su destino.
Al principio se temía que intentaran escaparse, pero resultó que los buenos estaban contentos con el muro. Detrás de él edificaban algo que llamaban una sociedad 'justa', una sociedad en que todos ganaran lo mismo y nadie viviera en la miseria.
Nadie sabía muy bien lo que pasaba detrás del muro, pero durante muchos años circulaban rumores de las orgías de bondad que se tenían que desarrollar allá dentro. En verdad era como una fiebre que agota a sí mismo. A pesar de todo, en la sociedad perfectamente justa que habían construido los buenos ya no hacía falta bondad. No había ningun necesitado al que se pudiera ayudar.
Los buenos cambiaban sus camisas y agradecían excesivamente uno al otro. Luego se sentían un poco estúpidos y empezaban a interesarse en otras cosas.
Con el tiempo, la sociedad detrás del muro fue casi imposible de distinguir de la de fuera, aparte del hecho que en su asolación por supuesto no podían disponer de los mismos recursos como el resto del mundo. Y cuando por fin todos se dieron cuenta que la única diferencia entre las dos sociedades era el número y la calidad de los bienes de consumo, sí, entonces concordaron en derrumbar el muro, así de fácil.
Eso pasó en el año 2089, con banderas ondeantes y música militar. Y la humanidad se regocijó pues ahora todos sabían que la bondad en este mundo había padecido su derrota decisiva."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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