9 de Diciembre 2000 (Job 2)

 

"¿Todavía estamos en el jardín?" pregunté.
"No lo creo," contestó Roland, gritando.
"Pero entonces, ¿dónde?"
La pregunta se quedó suspendida en el aire como la cantidad de aliento vital que había gastado en articularla.
"¡Cuidado!" advirtió Delyth. "Hay una caída..."
Lydekker se unió a ella y se asomó. "¿Austin?"
"¿Sí?"
"Una casa. Estamos en el techo de una casa."
"¿Qué clase de casa?"
"¿Quién sabe? Espero que esté bien aislada."
Se dejó caer al suelo y empezó a barrer la nieve delante de la puerta. Luego apretó su hombro contra ella, y un momento después todos estábamos a salvo en algo que parecía una choza de la sierra.
"Aquí hay un hogar," nos informó Delyth, "y leña. Roland, ¡déjame tu mechero!"
Con algún trabajo logró encender algunas piezas de leña, y todo parecía menos desconsolado. Una vez que había resuscitado a mis dedos, empecé a escribir el diario de ayer.
Delyth se apoyó en Roland. "¿Qué crees que pasó con mi madre? Y Judith y Nana?"
"No sé," dijo. "Este mundo parece tener sus propias leyes físicas."
Ella asintió con la cabeza. "¿Y qué crees que pasará con nosotros? ¿Tú crees que vayamos a averiguar algún secreto aquí?"
"Pues ... Tú ya tuviste una visión, ¿no?"
Ella se incorporó. "Sí. Era extraña. No estoy muy segura si la he entendido bien. Me imagino que el rey que mencionó la baala tiene que ser Cristo."
"Sin duda. Con él, llega una oscuridad que no cede hasta el Renacimiento, cuando surgió el satanismo, que casi todos llaman el humanismo, no como algo nuevo, sino como un renacimiento del espíritu de la antigüedad. De eso nos cuenta el segundo libro de Job."
"¿El segundo de Job?" preguntó Delyth. "De ese me parece que no había oído antes." Dejé un rato la escribanía y me puse a escuchar.
"Había una vez," empezó Roland, "en el país de Hus un hombre llamado Job; era justo y honrado, religioso y apartado del mal.
Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás.
El Señor le preguntó:
-¿De dónde vienes?
El respondió:
-De dar vueltas por la tierra.
El Señor le dijo:
-¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal.
Satanás le respondió:
-¿Y crees tú que su religión es desinteresada? ¡Sí es un hombre inculto, que nunca ha aprendido otra cosa que su catecismo, y por eso cree todo lo que predica el cura! Pero tócalo y hazlo sabio, y te apuesto a que te maldecirá en tu cara.
El Señor le dijo:
-Haz lo que quieras: dejo su formación en tus manos.
Y Satanás se marchó.
Un día que Job comía y bebía en su casa, llegó un hombre sabio a casa de Job y le dijo:
-Tú creerás que las estrellas son agujeros en el cielo, por los cuales es posible vislumbrar la luz del Señor, pero yo te digo que la luz viene del sol, y que hay mil estrellas más grandes que él. Toda la Tierra es como un grano de polvo en una sala, y de ese grano depende el mundo que El ha creado y que El afirma es único.
-Tal vez -dijo Job- es más grande de lo que creíamos. Entonces, ¿la obra de Sus manos no será también más grande?
-¡Aquí no hacen falta manos! -dijo el Diablo Académico-. Sólo esferas diminutas que chocan una contra otra sin cesar.
-¿Y quién creó esa infinidad? -preguntó Job-. ¡Contestame ésto! ¿Quién creó al hombre?
-El hombre no se ha creado -contestó el diablo, tranquilamente-. Se ha desarrollado.
-¿De qué?
-De dragones y estrellas de mar.
-¡Anda, fuera de aquí! -gritó Job.
A pesar de todo, Job no protestó contra Dios.
El Señor le dijo a Satanás:
-¿Te has fijado en mi siervo Job? Tú me has incitado contra él, para que lo aniquilara sin motivo, pero todavía persiste en su honradez.
Satanás respondió:
-¡Uno da una charla por otra charla! Pero enséñale que no es más que un miserable esclavo, y apuesto a que te maldice en tu cara.
El Señor le dijo:
-¡Pues, ve tú a enseñárselo!
Un día que Job andaba por el campo, se encontró con un viejo, que todo el tiempo andaba gemiendo:
-¡Ay, que pesa! ¡Ay, cómo pesa, cuánto pesa!
-Pero si no llevas nada -dijo Job.
-¡Pues mira otra vez! -dijo el Diablo Democrático. -Y verás que en mi espalda hay un cura, en su espalda hay un obispo, en la suya, un arzobispo, y en la suya, un papa.
-La verdad es que yo no veo nada -dijo Job. -¡Pero me suena como si te han cargado bien, mi viejo!
-Bueno, que sea como sea. Si sólo el obispo no hubiera tenido tantos hijos, ni el papa tantas amantes. Ellas sí que pesan, ¿sabes?
Y también están la guardia suiza y el vinatero y el pastelero. !Ayay!
-Y dices que tú les tienes que llevar a todos. ¿No hay ninguno de ellos que sea capaz de andar sólo?
-Pero qué dices -dijo el viejo diablo-. Si son demasiado gordos. Pero espera, ahora veo que tú también tienes una congregación de ellos en tu espalda!
-¿De verdad? -dijo Job, sorprendido.
-Qué te digo, -dijo el diablo, astuto -por qué no los ponemos en el suelo, tu y yo, y los dejamos donde caigan? -Job lo deliberó.
-Me han dicho -dijo por fin- que Dios no impone a ningún hombre una carga tan grande que no la pueda llevar. Y si es verdad que todos aquellos no pueden andar, como dices, no sería muy caritativo abandonarles en el lodo. ¡Mi espalda es ancha, estaré bien!
A pesar de todo, Job no pecó con sus labios. Y Satanás no tenía otro remedio que descender personalmente a la tierra para intentar arreglárselas con Job.
Un día que Job estaba sentado fuera de su casa, vio un hombre que le pasó rápida y casi ansiosamente, y Job le llamó.
-¿Tú no eres Job? -preguntó Satanás.
-Sí, soy yo -dijo, de acuerdo con la verdad.
-Entonces no me pueden ver contigo, así que me disculpas...
-No comprendo -dijo Job-. ¿Por qué rehuyes mi compañía?
-¿Tú no eres aquel que pertenece a alguna secta extraña que rinde culto a un dios?
-El Señor es mi pastor -contestó Job.
-Sí, lo sabía. Tambien eres tú quien dice que nosotros los hombres corrientes no somos más que puercos, y ayudas a los amos que nos oprimen, espiando y hablando por ellos.
-No sé a qué te refieres.
-Sí -dijo Satanás-. A tí te encanta torturar a la gente decente, y haces holocaustos de niños a tu dios. ¡Yo sé todo!
-¿Eso es lo que dice la gente de mí? -dijo Job con asombro-. Entonces es por eso que hacen tales muecas cuando les saludo. Pero dime, ¿qué puedo hacer para recuperar su respeto?
Y Satanás se inclinó hacia él y le susurró algo en el oído. Entonces Job maldijo a Dios.
Y la fortuna de Job cambió cuando sus amigos intercedieron en favor de él, y sus compatriotas lo estimaron como nunca antes. Porque es así: Un hombre puede perder su amor, su dios, a sí mismo, y puede sobrevivirlo todo. Pero si la gente deja de saludarlo por la calle..."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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