10 de Septiembre 2000

 

"El amor," dijo Judith, "es una cosa terrible. Lo sé por experiencia."
"Espantosa," consintió Arthur. "Pierdes a ti mismo. Y te entran unas ganas tremendas de asesinar a varias personas, sólo por tener la insolencia de andar en la misma tierra que tu amor."
"La infatuación erótica excesiva," dijo León, "puede tener tal efecto. Pero el amor, no. En eso os equivocáis. El amor verdadero no es destructivo."
"Vosotros los humanistas," dijo Judith. "Creéis que podéis exigir del amor que tiene que ser de cierta manera.
Para vosotros, el amor es un concepto moral, y por eso tiene que ser moral para ser amor. Nunca habéis comprendido que el amor es un sentimiento.
No puedes decir a tu hambre: ¡Hambre, vete, tú no eres un hambre verdadera, exigiéndome la muerte de un animal para ser hartado! Aquello es un disparate."
"El amor es la raíz de toda la discordia del mundo," dijo Roland. "Grupos de gente peleándose por un trozo de tierra para poder criar allí sus hijos. Tal vez habría que eliminarlo."
"Sí," dijo Eve. "Si pudiéramos ser indiferentes uno al otro - aparte de sólo moralmente. Entre otras cosas, Nana no recibiría tantas moraduras."
"Claro que duele," dijo Naomi." Si no duele, no es amor."
"¿No dijiste que nunca has amado?" preguntó León.
"Dije, que nunca he amado a un *hombre*. De dioses y gigantes, no he dicho nada. Cuando salí del colegio, mi padre quería que siguiera los estudios. Yo, sin embargo, no tenía ganas de eso.
¨¿Os acordáis de lo que dijo Arthur, de la imposibilidad de aprender, una vez que se ha llegado a la pubertad? En todo caso, para mí eso era cierto.
Mi cuerpo era un hervidero de instintos indómitos y sueños incomprensibles. Estaba esperando sin saber a qué, o sin querer admitirlo.
Mi cuerpo me interesaba bastante más que mi alma. Empecé a practicar deporte, pero no quedé satisfecha.
Me comportaba tan provocadora, que me gané una reputación sin apenas haberla merecido, ya que no era muy activa, sexualmente, en aquellos días. Soñaba con ser modelo, no por el dinero sino por la violación de la cámara. Y pasó lo que suele pasar en estos casos, pero al contrario de mis compañeras yo saboreaba cada instante de mi 'caída'.
Era, como muchas veces me han afirmado, la 'víctima' perfecta, como la Fay Wray del cine porno.
¡Mis sufrimientos en la pantalla blanca no tenían número! Más tarde fui contactada por la 'agencia', y desde allí todo me salió bien.
Desde ahora, mis amantes ya no eran jóvenes homosexuales, más interesados en su propio traje que en el mío, sino hombres que soñaban lo que yo soñaba, pero al revés. Así lo conocí.
Primero debo decir algo del 'arreglo'. Claro que era un clase de prostitución, pero existe un espectro amplio, y si la puta callejera representa un extremo, el otro fue constituido por la 'agencia'.
La agencia suministraba amantes. No se trataba de desaliñadas de edad mediana riéndose como chimpancés, sino de amantes, o 'hétaires', como las llamaban. La ilusión era que esta mujer tan encantadora, tan inteligente como hermosa, se había enamorado perdidamente del cliente. Estas relaciones podían durar una noche, un día o una semana, todo según la situación financiera del cliente. A mi misma, típicamente me han alquilado por una semana.
Estas mujeres no se acostaban sin más ni menos, pero era relativamente fácil acostarlas. Conmigo era aún más fácil.
A mis clientes no se les suministraba una amante, compraban una esclava, un objeto con el cual podían hacer lo que quisiesen, siempre que respetaran la condición de devolver sin perjuicio lo alquilado. El precio era bastante fijo, 10.000 francos." "¿Esto os parece ser entretenimiento adecuado para niños de doce años?" preguntó León, que enseguida se vio afrontado por protestas furiosas del público infantil. Judith se dirigió a ellos, siseando. "¿Sabéis qué es la prostitución?", preguntó. "Es cuando una mujer satisface a un hombre por dinero," dijo Delyth, rápidamente. "Sí. También sabéis de qué clase de prostitución estamos hablando?"
"A mi madre le gusta que un hombre le trate duramente," dijo Angharad.
"¿Cómo que duramente?"
"Le pega y le manda lo que tiene que hacer." Judith echo una mirada significativa hacia León, quien meneó la cabeza.
"En este caso como en los otros, mi 'directrice' me llevó hacia la dirección indicada por el cliente. Entró en el piso conmigo, ordenó que me desnudara, y sacó el traje que tenía que llevar durante mi estancia allí.
Siempre estaba muy ansiosa por ver lo que el cliente me había escogido. Siete días en un traje que sólo consiste de anillos y correas puede ser mucho, incluso para una chica de mi constitución.
Podréis decir, que pudiera haber preguntado, pero yo había aprendido que una mujer en mi situación no pregunta, y me lo habían enseñado bien.
Con cierto alivio vi que era un traje bastante tradicional, denotando dos cosas importantes, la servicialidad y la servicialidad sexual, como una mezcla de criada virtuosa y prostituta brillante.
Al fin encadenó uno de mis tobillos a un macizo escritorio de caoba, y con una amonestación y una hostia como una catedral, me dejó.
De mi amo todavía no había visto nada, pero eso no era muy insólito, y me arrodillé, esperando a que apareciera. Así pasa una mucho tiempo, esperando. Al cliente le gusta saber que le estoy esperando, que estoy obligada a esperar para luego satisfacerle cuándo y cómo él quiera.
Al fin oí su voz. Era un susurro que pareció venir de algún lugar cerca de mi oído, algo que me hizo sospechar la existencia de un sistema oculto de altavoces.
"Soy tu amo," dijo, "y tú eres mi esclava. No te hace falta conocer mi nombre, sino que siempre me llamarás 'amo'.
Tampoco tienes permiso de ver a tu amo. En el cajón izquierdo del escritorio, el escritorio al cual estás encadenada-" su voz temblaba levemente, "allí encontrarás una bolsa negra de seda y el collar de un perro. Cuando yo me acerque, tienes que tapar tu cara con la bolsa y cerrarla con el collar."
"¡Pero, mi amo!" protesté, osada. "Si me voy a asfixiar."
"Te prometo," respondió la voz, "que no te asfixiarás antes que yo lo quiera. ¡Ahora haz como te he dicho!"
Obedecí, temblando, y efectivamente, la bolsa sólo afectó de forma insignificante a mi respiración. E inmediatamente, unos porrazos gordos me revelaron que mi amo había entrado en el comedor.
"¿Por qué no puedo ver a mi amo?" pregunté, porque una esclava no puede recibir el castigo que tanto necesita si no peca en algo.
"¿No conoces el cuento de Amor y Psyche?" preguntó la voz. "Entonces también sabes lo que pasó cuando Psyche se atrevió a mirar a su amante.
La capucha te protegerá de tu propia curiosidad tan ominosa. Pero ahora te llevaré al lugar, donde tienes que vivir tu vida."
Sentí que mis cadenas fueron abiertas por manos fuertes, que me llevaron a otro cuarto y me hicieron bajar en un lecho, y otra cadena se cerró, esta vez por ambos tobillos. Sentí que mi amo se retiró, y un momento después la voz me ordenó quitarme la capucha.
Estaba tendida en un colchón tapizado de cuero, encadenada a la pared de un dormitorio señorial. Había una cama matrimonial inmensa, y aunque al parecer yo no era digna de dormir en ella, estaba provista de una cadenita en cada rincón, lo que me hizo suponer que sin embargo pasaría allí una parte substancial de mi tiempo.
"Eres verdaderamente encantadora," dijo la voz, "y casi me das lástima. En toda tu humillación pareces una estatua de mármol, y en una estatua de mármol te convertiremos, mi látigo y yo, porque no te permitiré ni voluntad ni pensamiento que no sea de mi satisfacción. Vamos a perseguir este objetivo por una semana, el séptimo día me recibirás allí, en la cama.
Hasta entonces efectuarás la función que indica tu traje, y todas las noches me traerás la cena en el comedor grande, la encontrarás en la cocina, donde otros la habrán preparado. Cuando entres, no verás a tu amo, pero puedes estar segurísima que vigilaré cada uno de tus movimientos, y cuando encuentre en alguno de ellos la menor falla, tu blanca espalda lo pagará."
Con eso la voz se calló, y comprendí que mi amo ya me había abandonado. De pronto, empecé a compadecerme tremendamente de mí misma. El vestido me tiró y era del tipo que llamábamos "sudoríficos", que sólo se puede quitar o poner con la ayuda de alguien, sea porque las cremalleras y los broches están situados donde el alcanzarles sería una imposibilidad anatómica, o bien porque estaban provistos de cerraduras en miniatura. Además, las cadenas eran muy fuertes, y estaba convencida que mi amo haría todo esfuerzo para 'educarme'.
Tiré mosqueadamente de la cadena, me eché sobre el lecho y empecé a llorar. Sabía que iba a morir en aquellas cadenas despiadadas, que mi amo me iba a utilizar de todas las maneras que era capaz de imaginarse, y luego me quitaría la vida como a un animal.
Con algún esfuerzo subí mi falda lo bastante para poder desfogar mi desesperación. Apenas me había tendido en el lecho después de haber reconocido por completo mi situación desamparada nada menos que tres veces, cuando otra vez resonó la voz en el amplio cuarto.
"¿Tú sabes," dijo, "cómo se castiga las manos que tocan la propiedad de otra persona? ¿O acaso has creído que aquel juguete que escondes debajo tu falda está allí para tu propio placer?" "¡Perdona, mi amo!" susurré. "Sólo quería asegurarme que funciona bien para cuando mi amo lo necesite."
"Sí," dijo la voz. "Y para asegurarte bien lo estrenaste tres veces. Pero te voy a decir una cosa: a las criadas que apagan su fuego sin esperar a que venga su amo, se les deja dormir con las manos esposadas en la espalda."
"Mi fuego, mi amo," respondí impávida, "arde más, por cada vez que lo encienda. Paso vértigos como si me hubiera caído de un caballo, y estoy tan mojada, como si alguien hubiera intentado ahogarme.
Deseo que mi amo me monte, más que lo desea una perra celosa. Pero si no soy digna, pues castígame, déjame que sienta las caricias de tu látigo, y déjame que encuentre la felicidad, sangrando a tus pies."
"Tienes permiso de desear," dijo la voz, roncamente.
Por la tarde, mi amo me advirtió que iba a venir, para que me pusiera la capucha, esta vez con el propósito de liberarme de mis cadenas y ordenar que le trajera la cena. Efectivamente, encontré ésta preparada en la cocina, y se la traje. Estaba cavilando sobre en qué lugar estaría mi amo, mirándome, cuando de pronto oí su voz furiosa:
"¿Esto es todo lo que mi oro me ha podido comprar? Una muchacha curiosa, riéndose estúpidamente.
No te han enseñado a tener la cabeza alta cuando estés de atención, ni a abultar los pechos ni a estirar la falda con tus muslos? Vete a tu cuarto, ponte tu capucha y espera que tu vida no esté perdida por completo."
Obedecí, asustada, y poco después sentí sus manos grandes llevarme hacia la cama, encadenando mis manos a un rincón. Brutalmente, abrió el vestido y me lo bajó por el cuerpo hasta los muslos, dejando así completamente desnudo y desprotegido a mi cuerpo.
"Ya que no quiero dañar tu cuerpo inútilmente," dijo mi amo, "me limitaré a darte diez latigazos. Además te permitiré contar en voz alta, para que no te sientas castigada con inicuidad." Agaché la cabeza y me puse a esperar, intentando adivinar la naturaleza del instrumento de tortura. El primer latigazo me dio la respuesta, era un rebenque pesante de tamaño mediano.
Dio por turno a mis nalgas y en la espalda, oblicuamente, y ya sabía que no debía decir ni palabra. El sexto latigazo, sin embargo, se lió de tal forma que la tralla, en la cual va la mayoría de la fuerza, besó a uno de mis pechos desnudos. Me estremecí un poco, y él dejó de pegarme.
"No eres capaz ni de recibir tu reprensión," se lamentó."Bueno, seré paciente. Empecemos desde el principio."
Cuatro veces más tuve que contar desde el principio, dos veces a cinco latigazos, una a dos, y una a nueve. Al fin me temblaban las carnes, y llené mi cabeza de recitaciones sin sentido para poder aguantar, para poder estar en cualquier otro lugar menos aquí, en el infierno. Era la primera vez de aquella semana que me castigó , y la última.
Cada noche le traje la cena, y eso con un cuidado que avergonzaría a toda mecánica de precisión. Cada célula de mi cuerpo había parado su metabolismo, arreglándose para que la impresión de su totalidad agradara a mi amo invisible. Pero la última noche, cuando fui llevada al dormitorio, me ordenó que me acostara en la cama y después sujetó mis manos y pies con las cadenas que ya he mencionado. Entonces sentí una mano temblorosa en mi pecho.
"¿Mi amo me quiere ahora?" pregunté, arrebatada.
"Sí," susurró la voz.
"Pero mi capucha," grité, desesperada. "Quítame la capucha. Me lo prometiste. ¡Dejame que vea a mi amo!"
"Tú no eres digna de verme," dijo la voz, tristemente. "Cállate ya, o diez latigazos no bastarán."
"¡Dame cien!" grité, tirando de las cadenas. "¡Mátame! Pero antes deja que vea al que quiero del corazón. Llevo siete días interminables adorando tus manos, tu voz me quita el alma, tu mirada invisible me destroza. ¡Quebranta mis labios, como es tu derecho, pero no dejarán de gritar que tu esclava ama a su amo!"
Estaba atenta, esperando el veredicto, pero sólo oí un susurro débil.
"Como quieras," dijo la voz.
"Pero primero tendré que contarte de mi origen. Si no, sin duda mi aspecto te abrumará, y te llenará más bien de terror que de amor.
Nunca he conocido a mis padres. Me criaba en un sitio para niños como yo, que nadie sabe de dónde vienen.
Muchas veces, como te puedes imaginar, muchas veces durante aquellos años me miré en el espejo, extrañándome de lo que vi. Nada parecía poder explicarlo.
Hasta que un día vi a mi madre en un sueño, y ella me lo explicó todo. Era la mujer más hermosa que jamás había visto, y sin embargo estoy a punto de creer que tú eres más hermosa. Pero ella era la hija de un rey.
Una vez se había aventurado a entrar en un gran bosque, y no sabía por dónde volver. Y había uno que le ayudó, uno que, igual que yo, no quería mostrarle su cara. Ella, no obstante, lo amaba y volvió con él.
En aquellos años, el rey estaba haciendo una guerra grande, pero le faltaba oro para poder pagar a sus soldados. Y le ayudó el amante de la princesa, enseñándole dónde encontrar diez tesoros, y cada uno de ellos valía más que el reino y los reinos vecinos.
Al rey sí que le hubiera gustado tener tal suegro, pero el amante de la princesa todavía no quería mostrar su cara. Y el rey casó a su hija con un príncipe del extranjero, y el forastero del bosque murió de pena.
Pero antes de morir, había dado un hijo a la princesa. El rey temía la reacción del pretendiente, y una noche secuestró al niño y le llevó a un país lejano, donde se criaba.
"Mi pobre hijo," dijo mi madre. "Ahora veo que tienes la apariencia de tu padre, y aunque a mí me cae muy bien, las estúpidas hijas del hombre se asustarán del tamaño de tus manos y de la agudeza de tu mirada.
Tampoco vivirás por mucho tiempo, por que la sangre de los duendes no puede ser diluida con sangre del hombre, es como un veneno que le cuaja, y el corazón no lo soporta."
Pronto me enteraría que todo lo que mi madre me había dicho era verdad. Sin embargo, me daban un poco de dinero para que pudiera vivir aquí en este piso el poco tiempo que me quedaba, ahora sólo se tratará de meses.
Y me decidí que una vez quería probar las frutas del amor, y no como lo hacen los hombres, sino como el estirpe de mi padre del monte, y como éste había amado a la pobre de mi madre. No quería que me vieras, pero ahora tú misma me lo has pedido."
Con estas palabras me quitó la capucha, para que viera a mi amor. No era muy alto, y el cuerpo estaba ladeado hacia adelante, como si siempre quisiera coger algo del suelo.
La cabeza, que era muy grande, se encontró abajado entre sus hombros, y las manos fuertes emanaban de dos pedazos de brazos, apoyándose en dos muletas. "Ahora volveré a ponerte la capucha," dijo, "y después haré mi voluntad contigo, porque la esclava no puede eligir a su amo."
"¡No, ojala que pudiera!" grité felizmente, "Te escogería una vez tras otra, mi querido marido. Pero, ¿No desea mi amo liberarme, para que satisfaga todos sus deseos, sean lo que sean?"
Vivió casi un año más, mi amo, mi dios, mi amor. Estaba a su lado, cuando murió. "No sabía," dijo, "que sería tan difícil despedirme de esta cárcel, digo de este cuerpo. Toda mi vida lo he odiado, pero tú me hiciste amarlo por la alegría que nos daba a los dos.
Ahora volveré a la tierra, y al mar, porque como ya sabes, sólo los hombres tienen un alma. Tampoco creo que el reino de los cielos me caería bien. Temo que me dieran un cuerpo perfecto y una túnica blanca.
Pero tal vez nosotros dos podríamos escaparnos al infierno para resumir nuestro lío amoroso. Según el folleto turístico publicado por un tal Bosch no llamaría la atención allí, ni por apariencias ni por gusto.
Me hubiera gustado haberte dado un hijo, pero soy estéril, como ya sabes, y tal vez es mejor así. Bueno, quizá hubiéramos tenido una hija hermosa."
"¡Un hijo!" dije. "Un hijo..."
No hay mucho más que contar. No creo que el cuento tenga moraleja, o yo no soy capaz de comprenderlo. Pero estoy segura que León encontrará una. Nos dirá que vender su cuerpo degrada a una mujer, que hay que ser enfermo para tener gusto en maltratar a una mujer.
Pero enfermo sí era, mi amante, enfermo y deforme, y le deberían de haber dado un pedagogo que le apoyase en vez de una puta, que le quitó la pensión de invalidez. ¿No es así, León?"
El doctor Spencer se había puesto encarnado, y sus ojos estaban húmedos. "¿O me equivoco de ti?- viejo idiota." añadió en voz más suave.
"Tal vez tú en realidad no eres uno de aquellos que tanto quieres parecer. Todos los que saben qué es lo bueno y lo normal, y que están dispuestos a decirlo a todos los demás para salvarles de ellos mismos.
Conocen el mundo, claro, sólo hay una cosa que nunca han conocido: el amor. Y si les conozco bien, de eso se alegran montón."

 


 

{Note}Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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