11 de Junio 2000(Peligro de contagio)

 

11 de Junio 2000(Peligro de contagio) Esta tarde conté a Spencer lo que había oído, o lo que creía haber oído, en el sótano. Él no respondió de inmediato, sólo meneó tristemente la cabeza, pero esta noche resumió sus encarecidos llamamientos a desistir de realizar el propósito.
Judith observó, enojada, que Naomi había sufrido peores cosas. León se encaró con ella, enfurecido: "Si sólo te dieran tu comisión, tú la entregarías a un delincuente sexual, ¿no?"
Judith se rió, un poco nerviosa. "Estoy segura que disfrutaría de cada instante ..."
Eso le hizo estallar al doctor: "De todas las putas más desalmadas..." jadeó. Ella sonrió, fríamente. "Sticks and stones may break my bones," dijo, "But words will never hurt me..."
"Pues yo no estoy tan seguro de eso," dijo Lydekker, pensativo.
"Que las palabras no puedan dañar."
"Yo sé de qué habla Roland," dijo Eve rápidamente, como queriendo hablar de otra cosa. "Una vez, yo conocí un matromonio que llegó a separarse por un comentario desafortunado."
"Se peleaban..." sugirió Roland.
"No, en absoluto. Comprendéis, a la mujer no le gustaban las anchovas. No, ahora me expreso como una imbécil. Odiaba y detestaba las anchovas.
¿Conocéis eso, que hay alguna comida que no se soporta, ni olerla, ni verla, ni pensar en ella? Bueno, eso le pasaba a ella con las anchovas.
El marido amaba a su mujer y por supuesto procuraba que no hubiera anchovas en presencia de su amor. Pero un día mencionó por casualidad que a él en realidad sí le gustaban las anchovas.
Ella empezó enseguida a interrogarlo de cuándo fue la última vez que comió anchovas, y él contestó, prudentemente, que de eso hacía por lo menos veinte años. Pero aún eso no parecía satisfacerle - sabéis, lips that touched anchovies will never touch mine!
En verdad me parece que al marido tampoco le gustaban demasiado las anchovas, pero su mujer pronto llegó a creer que las anchovas eran el vicio secreto de su marido. Creía oler anchovas en su aliento y en la casa. Cuando ella llegaba a casa iba olfateando, comprendéis, oliendo a todos los muebles. Él sencillamente no podía acercarse a ella.
La sospecha, comprendéis, era bastante. Y entonces se divorciaron."
"Es verdad," dijo Roland, serio. "Podemos tirar cosas que no queremos quedarnos.
Pero, ¿cómo tirar un pensamiento? Luego tenemos la vieja tradición del libro peligroso que no se puede leer, el cuento que no se debe contar."
"¿Un cuento peligroso?" preguntó Arthur, que ahora casi siempre respondía con incredulidad demostrativa cada vez que su invitado abría la boca.
"Eso lo puedes contar a tu abuela ..."
"¿No creo," dijo Judith, sensiblemente animada por la perspectiva de un relato, "que Roland lo hubiera mencionado si no nos hubiera tenido exactamente tal cuento?"
"¿Yo?" preguntó Lydekker, inocente. "¡Ay no! Pero es verdad que una vez oí un cuento que llegó a estar bastante cerca..."
"... en un bar de Fulton Street," le apuntó Spencer.
"Sí, en un bar de Fulton Street. Además debería interesarte a tí, porque quien lo contó era un médico, un Dr. Bateson."
"¿Entonces fue un cuento de cuatro copas?" preguntó Eve.
"El Dr. Bateson por cierto tenía la pinta de poder pagar sus copas él mismo, pero también tenía la pinta de ser uno de aquellos que llevan algún peso en el corazón que han traído desde la calle para aliviar el peso durante una hora o dos. Con frecuencia, tales hombres están muy dispuestos a comunicar lo que les preocupa, y yo, siendo escritor, estoy dispuesto a recibirlo. Por lo tanto, emprendí una conversación con él, y como un problema de esta clase ocupa bastante sitio en el pecho, no está muy profundo, así que sólo tienes que desenterrar un '¡Buenas tardes!' y '¡Qué buen tiempo hace!' para llegar a él.
-Soy médico -dijo-. Psiquiatra.
-¿Sí? Entonces debe usted tener muchos pacientes interesantes.
-Tengo uno -musitó, triste-. Sí, por supuesto que tengo más.
Pero éste - ¡es un tipo raro! -Y me contó el cuento.
Resultó que el tipo raro -sólo en los bares los psiquiatras hablan de sus pacientes como tipos raros- se llamaba Stanley Bryant y también era escritor. Le habían ingresado en la sección del Dr. Bateson como consecuencia de una tentativa de suicidio."
"¿Tampoco hará falta estar alienado para querer cometer suicidio?" preguntó Arthur.
"No, por supuesto que no. Las circunstancias, no obstante, eran de una naturaleza que indicaban un caso psiquiatrico. Bryant había entrado en una casa fortuita y se había tirado del tercer piso."
"¿Y qué?" perseveró Arthur.
"Había cinco pisos en aquella casa."
"A lo mejor era porque en realidad no quería suicidarse," sugirió Judith. "No. Los suicidas que van en serio suelen elegir la manera más segura.
Por otro lado, los suicidas que sólo buscan simpatía prefieren las maneras que son seguras en el sentido opuesto, digo que no les incapacitan. En la sección, Stanley les contó la historia de su vida.
Era escritor, como ya he dicho, eso era lo que siempre había querido ser, y ya a los 21 años publicó su primer manuscrito, que fue un exitazo. Desde aquel momento todo le había ido bien.
Las reseñas fueron cada vez mejores, y su reputación crecía firmemente. Un día se dio cuenta de una muchacha extraordinariamente bella entre la multitud de cazadores de autógrafos, y fue amor a primera vista para los dos.
Se habían casado, habían tenido un hijo bien hecho, habían tenido el dinero para construir la casa de sus sueños, y así siguió. Era la más soleada historia de una vida exitosa que el doctor jamás había oído.
Sonó como algo de una revista de novelas de amor, pero todos los datos resultaron coincidir con la verdad. Por supuesto, Bateson le contestó como todos le hubiéramos contestado, que nunca había visto un hombre con menos razón de acabar con su propia vida.
-Sí, -dijo el jóven, desesperado-. Soy perfectamente feliz. Todo es como un sueño.
Y ese, exactamente, es el problema. Empecé a preguntarme si no todo fuera un sueño.
Por supuesto que lo di de lado como una idea fija, si no estoy loco. Pero para estar más seguro, para que mi felicidad fuera completa, decidí encontrar la prueba definitiva de que mi felicidad no fuera una ilusión.
Fue entonces que descubrí que eso es imposible. Estudié a fondo la historia de la filosofía. Todos aquellos grandes filósofos. Ni uno de ellos había llegado a una prueba de que el mundo existe.
-Cogito ergo sum -murmuró el Dr. Bateson.
El joven sonrió, desdeñoso.
-El razonamiento de Descartes no es muy bueno.
Los hay mucho mejor. A mí mismo se me han ocurrido algunos de los mejores.
Pero como todos los razonamientos, presuponen una lógica. Y las leyes de la lógica son, por su parte, absolutamente indemostrables sin la referencia a un mundo exterior.
Di vueltas y revueltas infinitas al problema. Llegué a que, a pesar de todo, es sumamente improbable que todo ésto -señaló a sus entornos- sea un producto de mi imaginación.
Pero, ¿desde qué criterios juzgar la probabilidad? Descubrí que no tenía ni una razón para suponer que existiera otra cosa u otra persona que yo mismo. Y si fuera así, doctor, mi amada mujer tampoco existiría. Todo sería algo que me estaría imaginando, un hermoso sueño del cual podría despertarme en cualquier momento, a una oscuridad impenetrable.
Sí, aproximadamente así iba el argumento del joven. Se llama solipsismo y es un viejo problema filosófico.
Pero para Stanley Bryant era más que un quebradero de cabeza, era una realidad tan espantosa que no era capaz de disfrutar ni un momento de su perfecta vida. Tenía miedo de alegrarse de ella, como de algo que se va a perder, algo que no es real.
Tenía miedo de amar a su mujer, ya que eso sólo aumentaría el dolor de su inevitable pérdida. Para él, toda alegría era aflicción, todo deleite terror. ¿Quién no se hubiera suicidado bajo estas circunstancias? Y aun así, no era esa su intención.
-Pensé -explicó, horrorizado- que si como consecuencia de mi acción me volviera cojo o ciego, eso me convencería de la existencia de una realidad sólida, incluso despiadada. Entonces sería capaz de disfrutar a fondo de los placeres que el accidente de este modo me dejaría.
Pero como usted sabe, me caí en un montón de cajas de cartón y no recibí ni un simple arañazo siquiera. Podrá imaginarse que eso no acrecentó precisamente mi confianza en las leyes físicas.
El problema era que aparte de esa única idea fija, Stanley era perfectamente sano, mentalmente. Por lo tanto, de inmediato parecía ser suficiente si el doctor sólo fuera capaz de encontrar un argumento convincente para la existencia del mundo que pudiera dar a su paciente, algo que no debería causarle grandes dificultades.
Pero en efecto lo hizo. El Dr. Bateson andaba el mismo penoso camino por la literatura filosófica que había tomado su paciente.
Su propia mujer le hablaba en vano, cuando estaba horas tras horas en su silla, dándoles vueltas y revueltas a los argumentos filosóficos. Al final tenía que darse por vencido.
Su paciente tenía que vivir con la duda de si el mundo existe, como lo tienen que hacer todas las personas, a quien alguna vez se le ha ocurrido esa idea. Pero, ¿cómo podría vivir así?
¿Y cómo podría hacerlo el doctor Bateson? Si no tenía ninguna certeza de que su ambiente existiera, su mujer, el hospital, entonces toda su vida sería sin sentido, vacía, sin alegría.
Y comprendió, veréis, que el problema de su paciente era como un bacilo peligroso, caminando en una perpetua búsqueda de un portador apropiado. No tenía que ser un necio que sería incapaz de comprender el argumento filosófico, sino una persona inteligente, sensible, ni tampoco una persona irracional sino exactamente racional, una persona exigiendo razón y certeza de su mundo, una certeza que para siempre le sería negada.
La ironía de toda esta historia es que un par de días más tarde, Bryant le contó que ya se le 'había pasado', como lo expresó. Con el fervor de un hombre que se está ahogando oculto tras una fachada de calma profesional, el doctor le interrogó -algo imprudente, desde un punto de visto médico- del argumento que por fin le había convencido, y con la misma desilusión averiguó que no le sirvió en absoluto.
Era algo de que el mundo 'parecía' ser real, y parecía que Bryant se había conformado con eso. El Dr. Bateson le pudiera haber pateado, gritando.
En lugar de eso le dio de alta, entró en un bar de Fulton Street y me contó toda la historia. Creo que de alguna manera le ayudó."
"¿Y ese era el cuento 'peligroso'?" preguntó Judith, un poco desilusionada. "Sí," confesó Lydekker, "En mí tampoco fue capaz de despertar más que una sonrisa. Me resultó inconcebible que un hombre erudito como el Dr. Bateson se dejara preocupar por semejante ración de filosofía de instituto.
Si el problema era perfectamente sencillo. Pero, comprendéis, cuanto más pensé en él, tanto más insoluble me resultó. Me puso de bastante mal humor."
"Pues a mí me parece completamente disparatado," dijo Judith, sencillamente.
"Por supuesto que es un disparate," le secundó Eve. Hubo una larga pausa, durante la cual nos quedamos mirando curiosamente uno al otro, sonrojando y sonriendo. Fue al final de aquel silencio que Arthur alzo la mirada hacia nosotros con los ojos grandes y húmedos, y dijo: "Sí -¿pero en realidad cómo *es* que podemos saber que el mundo existe...?"

 


 

{Note}Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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