11 de Octubre 2000 (La novia evasiva)

 

"Albert Dobson," dijo Delyth, "era empleado de oficina en una pequeña empresa en una pequeña ciudad. Era soltero, con cuarenta años y el cabello de entradas. Su vida sexual consistía en el contenido de empaques discretos. Para los hombres era Mr.Dobson, una cáscara razonablemente eficaz pero perfectamente impenetrable. Una almeja que uno encuentra en la playa, toda llena de arena, pero que no abre por temor de lo que el sol haya incubado en ella.
Albert Dobson era un 'soltero empedernido', un eufemismo por el hecho que a ninguna mujer se le había ocurrido que estuviera frente a un ser masculino. Dobson no lo entendía bien.
La atracción sexual es un fenómeno extraño, especialmente la del hombre. Una mujer se enamora de un carácter, y por lo que se sabe, Albert no tenía ninguno. No era uno de los 'hombres peligrosos' que estimulan la imaginación de las mujeres, y eso a pesar de su evidente parecido a Lon Chaney en 'The Ghost in the Opera'.
Hasta su libreta de ahorros no era impresionante. Juntaba dinero para que algún día pudiera retirarse sin haber avanzado nunca.
Alguna vez había acudido a una agencia de matrimonios que le había puesto en contacto con una tal Agnes Shipley. Agnes era una mujer madura que conocía su propio valor.
Nunca había hecho una cura de adelgazamiento, pues si un hombre no estaba dispuesto a aceptarla tal como era, ella tampoco quería nada con él. Más que nada era orgullosa de su pelo que parecía haber expirado bajo la impresión de las extrañas cosas que había empleado para lavarlo en el curso del tiempo, y de sus grandes pechos que yacían majestuosamente en sus caderas.
Dio un discurso muy largo sobre los hombres a Albert Dobson, algo que sí le podría hacer falta, aunque también pudiera haber puesto menos énfasis en los aspectos más negativos del sexo masculino. Mientras tanto, Albert estaba allí sentado, tratando de imaginarse la curiosidad zoológica que pudiera estar escondida debajo de su tweed.
Quizás fuera por esta última humillación que Albert empezó a soñar. Era un sueño sencillo, un sueño en vigilia, y Albert lo soñó veces y más veces. De vez en cuando cambiaría algún detalle, como un novelista acabando su obra maestra. Siempre empezaba con que él -eso es, en el sueño- veía una chica joven, delgada con los ojos y pelo oscuros.
Tiene que haberse quedado mirando, porque ella dio la media vuelta hacia él, con las cejas fruncidas y una pequeña sonrisa. Y se fue, tranquilamente hacia él y le preguntó: -¿Nos conocemos? -y con una audacia que Albert nunca hubiera sido capaz de reunir en la realidad, le contestó: -¡No, desafortunadamente!
Ella se rió.
-Tal vez deberíamos remediar eso...
Andaban un largo rato, hablando, y Albert la miró.
-¡Me llamo Myra! -dijo, extendiéndole una mano fina-. Espero que volvamos a vernos.
Sonrió, tristemente.
-Los hombres me dan un poco de miedo -dijo-. Pero con usted me siento segura.
Myra se rió, como disculpándose. -Espero que no le haya dado la impresión de ser de vida ligera.
La verdad es que no sé qué me pasa. Pero, ¿no quiere subir conmigo?

El piso de Myra estaba amueblado de buen gusto, Albert lo amuebló cuidadosamente. Myra cerró la puerta tras ellos y se arrimó a él. Albert vio que estaba llorando.
-¡Ay, perdóneme! -resopló-. Soy tan estúpida. Pero, ¿no cree usted -sí, no le conozco de nada, y aun así- no cree usted que podríamos ser felices juntos?

En el próximo momento estaba en sus brazos como un paño caliente en un enfermo de pecho. Era tierna, temblorosa y desamparada, y allí el sueño se detuvo temporalmente, hasta que hubiera llegado a casa y bajado las cortinas. Una temporada se limitó a este sueño, pero con el tiempo iba desarrollando sus relaciones con otros episodios. Una noche él había llegado más tarde, y le había recibido en lágrimas porque se había creído que no iba a venir, que se había cansado de ella. Eso dio la oportunidad para que Albert realizara un soliloquio bien dispuesto, contándole lo que ella significaba para él, y que siempre terminaría en una emoción que era amenazadoramente cerca a la desesperación.
Empezó a sentir que sólo se estaba atormentando, y acabó con Myra. En su lugar, se dedicaba a las muchachas glaseadas, que bien eran capaces de excitarlo al borde de la locura, pero que aun así se dejaron archivar con el desinterés con que se enjuagaba debajo del grifo.
Y entonces pasó, que un día vio una chica en el medio del tráfico que se parecía a Myra de forma sorprendente, o por lo menos a la imagen mental que de ella tenía. La miró, tristemente, ella se dio vuelta hacia él, y en el mismo instante sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¡Albert! -gritó. Entonces se compuso, secando sus ojos con un pequeño pañuelo.
-Perdona -dijo-. No querrás tener más que ver conmigo.
La persona con más prontitud y presencia de ánimo del mundo apenas hubiera tenido un aspecto más inteligente que Albert en aquella situación.
-Myra -dijo por fin.
Se quedó mirándolo, como implorando.
-¿No podemos intentar otra vez? Si he dicho o hecho algo mal te suplico que me lo perdones. ¡Si sólo quisieras volver conmigo!
No parecía darse cuenta de la pequeña conglomeración de transeúntes extrañados que estaba causando.
-¡Te quiero! -resopló Albert-. Te quiero...
Anduvieron cogidos de la mano, como en los sueños de Albert, a su piso. Y sin embargo todo era diferente.
Esto era tan físico que estaba a punto de tumbar al pequeño hombre.Y cuando apretó sus labios contra los suyos y acarició su nuca con sus ágiles dedos creía que iba a morir, o tal vez más bien ya hubiera muerto.
Cuando se despidió, y quedaron en volver a verse al día siguiente, no sabía qué hacer. Temía que se evaporizara si él no estuviera allí para asegurar su existencia, que mañana encontraría el piso habitado por una persona que nunca hubiera oído de Myra.
Más aun, sin embargo, temía romper con la lógica del sueño, y era esta última consideración que finalmente le hizo despedirse aquella noche. Quizá era eso lo que impidió que enfrentase esa locura con sano razonamiento. Y quizá fuera por eso que Myra todavía estaba allí al día siguiente y todos los días después, semana tras semana de momentos que Albert temía que fuera el último, la última vez que viera a Myra, a su felicidad, su vida.
Pero Myra no era ningún fantasma. Tenía social security number y un lunar y una postal del dentista recordándole que pidiera hora, allí en el suelo del vestíbulo, con su nombre puesto.
¿Qué había pasado? ¿Había sido el sueño un sueño, así que él, incapaz de aceptar su propia felicidad, se había imaginado que su encuentro y su amor era algo que se había imaginado?
Por improbable que pareciera esta explicación parecía ser la única posible, y como la vida con Myra se convirtió en algo diario y empezaban a planear la boda y la luna de miel, casi era plausible. Y como este temor iba disminuyendo, fue sustituido por otro: Que esto no seguiría.
Myra era tan cariñosa que no podía imaginarse que ella le quisiera abandonar. Esto no obstante, ella podría enfermarsele y morir.
Una imagen horrorosa se le estaba delineando más y más claramente, en la que él le visitaría como siempre, pero no habría nadie en el piso. Luego saldría la vecina para decir que a Myra le había atropellado un coche, esta misma mañana al salir ella de la puerta que daba a la calle, y que murió en el acto.
Era evidente que para ella no era más que un tema de conversación, un chisme. Al mismo tiempo, Albert sintió cómo la escalera se contrajo para apretar a su garganta, cómo oscureció el sol, y el ruido del tráfico se convirtió en un coro burlador.
Muchas veces tenía que hacer un esfuerzo para sacarse de esta pesadilla despierta. A menudo llamó a Myra inmediatamente después, y siempre le alegraron sus llamadas.
El día fijado para la boda se acercó a paso de carga, y Mr. Dobson estaba bastante orgulloso cuando entró en la redacción del periódico local para anunciar la buena noticia. El empleado encargado de los anuncios le recibió amablemente.
-Mr. Dobson, ¿no es verdad? Sí, usted nos llamó.
Si usted me indica el texto del anuncio, yo me encargaré de lo demás. Albert abrió, ceremoniosamente, su cartera y sacó el texto que, pese a su relativa brevedad, había tardado horas en componer.
-Albert Dobson y Myra Clay tienen la alegría de anunciar, que su boda se celebrará el 11 de octubre... -Dobson vio que el periodista había dejado de escribir. -Es C-L-A-Y, si es en eso que piensa usted.
Se miraron uno al otro. -Mr. Dobson, disculpe si no le he entendido bien, pero yo tenía la impresión que se trataba de una noticia de defunción. -..de defunción.. -jadeó Albert.
-Sí. Yo había entendido que su novia, miss Myra Clay -buscó algo en un cajón- había fallecido - sí, aquí está, hace tres días. Le atropelló un coche y murió antes de...
Albert Dobson se levantó y se cayó. Llevaba casi un minuto bambaleando debajo del escritorio cuando le alzaron y ayudaron hacia la puerta.
Desde aquel día era como si una niebla empezara a descender, lenta pero seguramente, sobre mr. Dobson. Desde entonces saludaba al mundo con una sonrisa enferma que destrozaba el corazón a todo aquel que la viera.
Su cerebro ya sabía que su vida había terminado, pero su corazón no lo quería aceptar. Aun así, había visto a Myra, muerta en la camilla en el depósito de cadáveres, no podía haber ninguna duda.
Albert, por desgracia, no era religioso. Por tanto que lo intentara, no llegó a poder imaginarse que volvería a ver a Myra en el paraíso.
Todo lo que amaba, y no había nada en Myra que no amaba, estaba muerto y perdido para siempre. Se rodeaba de fotografías de ella, pero no lo consolaban en absoluto.
Si sólo pudiera verla una vez más, y ella pudiera verlo y reconocerlo. Si sólo existiera una dimensión, como lo creían los espiritistas, por la cual Myra estuviera vagando, acaso justo afuera de su alcance, pero aun así con alguna chispa intacta de conciencia, que pudiera buscar el resto de sus días. Si pudiera venir a él a decir: -Albert, mi amor. He muerto, y aun así estoy viva.
Estoy aquí, mi amor. ¡Ven conmigo!
Al final fue a un médium. Le llevaron a un cuarto, en que había varias personas apocadas, que esperaban las noticias de sus difuntos.
Al final le tocó a él, y 'Myra' le aseguró que estaba bien, en una manera tan atípica de Myra, como si un cisne hubiera empezado a goznear. Luego Albert Dobson se fue a un parque, con una vaga idea de ahogarse en el lago.
Como estaba allí, mirando melancólicamente sobre su vidriosa superficie sintió una fina mano en su hombro.
-Albert, mi amor -dijo-. Tenía que venir contigo, aunque está prohibido que las almas vuelvan. ¡No llores más, mi amor, mira, estoy contigo!
-¡Pero estás caliente! -exclamó Albert-. Estás viva...
-¡Me parece que has leído demasiados cuentos de fantasmas, mi querido Albert! -Rió, alegre-. ¿Creías que iba a ser húmeda y transparente?
-No -confesó-. Estás exactamente como yo creía. Siempre has estado exactamente como yo esperaba que ibas a ser.
Los dos fueron al piso de Albert, mientras que Albert no apartó la mirada de ella por temor a que desapareciera.
-¡No voy a ningún lado! -dijo Myra-. Todo es como antes. Pero claro, tendrás que acostumbrarte que sólo tú podrás verme, percibirme.


Albert Dobson era empleado de oficina en una pequeña empresa en una pequeña ciudad. Era soltero, con cuarenta años y cabellos de entrada. Para los hombres era Mr.Dobson, una cáscara razonablemente eficaz pero perfectamente impenetrable. Una almeja que uno encuentra en la playa, todo llena de arena, pero que no se abre por temor de lo que el sol haya incubado en ella."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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