14 de Julio 2000(Pronóstico grave)

 

"No siempre es culpa de los psiquiatras si su terapia no tiene éxito," dijo Spencer. "También en la psiquiatría existen los casos perdidos."
"¿Acaso el doctor conecerá un ejemplo?," preguntó Arthur, lleno de expectación.
"Sí, en efecto. Ese paciente era realmente maligno. Cuando entró en la oficina del médico, su único saludo fue: -¡Hola, Golllywhop!"
"Hola, ¿qué?"
"Sí, siguió así.
-Hola, Fuzzywuzzy. ¿No habrás tomado demasiao de la crema de zapatos, Jollywally?"
"Supongo," dijo Judith, "que el médico era negro."
"Tenía la piel oscura, sí. Naturalmente no le hizo caso y le pidió en voz cortés al paciente que se sentara, y éste se acomodó en la silla en una posición desafiante, con las piernas arriba, dando el lado hacia el terapeuta. El médico puso las manos en el escritorio.
-Estás aquí hoy -dijo, amablemente- para que nosotros dos hablemos un poco de tu futuro.
-¿A tí que te importa mi futuro, caratinta? -contestó el joven, francamente.
-También te quiero enseñar algo... -El médico sacó un cajón.
-¿Qué tienes por allí, tío Sambo? -preguntó el paciente sin mucho interés.
-¿Tu almuerzo? ¿Me das un plátano, Tomboy?
El médico sacó minuciosa y secretamente una bolsita de cuero cerrada con una cuerda. Cuidadosamente, vació su contenido en la mano y lo enseñó al joven, que silbó y levantó una ceja al verlo.
-¡Cristo en su pesebre! -murmuró-. ¿Dónde has mangado aquellos, Papá Uh- Mau-Mau?
El médico levantó la mano hacia la luz, y las bolitas negras brillaron, irisadas.
El paciente movió los labios, había diez en total.
-¿Te gustan? -preguntó el médico.
El joven se encogió de hombros. -Demasiado bonitas para una mierda de corneja como tú, si me preguntas a mí.
-Pensé que tal vez te gustaría tener una.
El paciente extendió una mano descuidada. -¿Por qué no? dijo sencillamente. Tal vez se le estaban acabando los derogativos. El médico escogió una bola y la puso en la mano del paciente.
-¿No podías encontrar ninguna más pequeña, roñoso?
-Que yo sepa, todas son del mismo tamaño.
-Bueno, pues si tienen que ser de este tamaño, yo quiero una más. ¡Por lo menos!
Tenía un aspecto amenazador. El médico le dio dos.
El paciente las estaba mirando con la cabeza ladeada, hasta que sus cabezadas se convirtieron en saltos. -¿Es típico, no?
-¿Típico?
-¿No es exactamente justo, no?
-¿Justo?
-Digo, que un negrazo como tú tiene que tener siete bolitas, y un hombre decente, un orgulloso descendiente de la raza nórdica sólo tiene tres. -Quieres decir, que debemos compartirlas.
El paciente parecía considerar la proposición. -¡Algo por el estilo, sí! El médico le dio dos bolas, y rió difusamente. -No tardaste mucho en eso, ¿eh, pigmeito? Todavía os podemos espantar, ¿eh?
¡Sí, Massa! ¡No, Massa!
Anda, dame todas. Los dos sabemos que las has robado de un hombre blanco.
-¿Quieres las últimas cinco también? Pero entonces yo no tendré tantas como tú. ¿No dijiste antes que deberíamos de compartirlas?
-Puedes compartir con el culo de un caballo -dijo el paciente, algo enigmático. -¡Tú dame las bolitas!
Así, mejor. ¿Tienes más chismes allí?
-Momentito. Antes me gustaría saber, ¿qué es lo que tengo que no me aguantas?
El joven le hizo una pequeña sonrisa. -Que qué tenéis? Pues no tenéis nada. Si sólo os largais allí de dónde venistéis, entonces nada.
-¿De dónde venimos?
-Sí, ya sabes... ¿De dónde venís? ¿Quieres que te acompañe hasta el autobús, puto negro?
¿Quieres que te coja la mano? ¿El hombre blanco te tiene que leer las señales?
-Deberé entender que no crees en la posibilidad de una coexistencia pacífica.
-Yo ya te daré coexistencia, cabrón. Quítate aquella bata blanca, fantasma negro, y te explicaré todo.
Clavaré tu clavo negro en tu ombligo. Te ayudaré para que te lies los cojones por las orejas.
-¿Pero por qué? - me gustaría entenderlo.
El paciente se inclinó sobre el escritorio. -¿Por qué? ¿Por qué? ¿Te digo por qué? Porque... -Se quedó petrificado, sus ojos dando vueltas como las cerezas de un tragaperras.
Al final se reclinó y se puso a silbar. -¿Por qué? -repitió el médico.
-A tí no te importa -dijo el paciente. El terapeuta asintió con la cabeza y se levantó.
Se fue hacia un armario y sacó una inmensa construcción que cubrió todo el escritorio cuando la soltó. Era una clase de ciudad en miniatura, pero increiblemente detallada que reproducía dos territorios separados por una linde, cada uno dominado por un bungalow señorial. El paciente lo estudió de reojo.
-Pensé que podríamos jugar un juego -dijo el médico. -Primero, cada uno elige un territorio y una casa.
-¡Yo eligiré primero! -dijo el joven-. Yo tomaré - no, espera. ¿Cuál es la más grande?
-Yo creo que son más o menos igual de grande.
-¡Sandeces! Me quieres tomar el pelo.
Si yo digo la de la izquierda, resultará que debería de haber dicho la de la derecha. Es un truco. Creo que tomaré la a la derecha...
-¡Muy bien!
-¿Muy bien qué, mono? No he dicho nada. Voy a tomar la izquierda.
-Muy bien-. Se reclinó.
-¿No está muy bien? Ahora tenemos cada uno una casa y cantidad de árboles.
Yo creo que si todo el mundo tuviera una casa así, todos estarían contentos. ¿No lo crees?
-¿Doctor? -dijo el paciente.
-¿Sí?
-Creo que deberías mirar un poco a tu casa. Parece que algo muy grande se ha sentado encima.
El doctor miró tristemente las ruinas. -Has destrozado mi casa.
-Tal vez sí, tal vez no -dijo el paciente y miró por la ventana-. Tal vez no la has construído bien. No creo que los pigmeos sepan construir casas.
De pronto se puso de pie. -Y si tienes algunas ideas listas para romper mi casa, ya las puedes estar olvidando.
-No quiero romper tu casa -dijo el médico tranquilamente.
-No, no. En absoluto.
Nada más estás esperando a que yo mire hacia el otro lado para que pongas tu culo negro encima de ella. -Sus ojos se pusieron brillantes, y la boca tembló como la de un niño mamando.
-¡No te la acerques! -gritó, y se inclinó tanto sobre ella como el borde de la mesa le permitió. Hubo un crujido ominoso, y se echó hacia atrás, asustado.
-¡Mira lo que has hecho, negrazo! Y ahora me preguntas por qué os odiamos. Quiero una casa nueva. Quiero un mundo nuevo.
-Eso lo tendrás -dijo el médico.
-Y si quiero, lo rompo -dijo el paciente.
-Por supuesto. Pero ahora vuelve a tu cuarto. Entonces yo arreglaré todo.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo. -El médico miró la puerta cerrada, meneando la cabeza.
Lo que le tocaba hacer no era fácil. Por otro lado tampoco veía que el resultado de la investigación le diera ninguna alternativa. Había que proteger la sociedad contra esa clase de individuos.
Desanimado, sacó un formularió de su cajón y empezó a llenarlo, nombre, edad, etcétera. Bajo diagnóstico escribió: psicópata en grado mediano, y bajo terapia: internamiento forzoso.
Por fin apuntó, con letra clara, en el cuadro de Nombre de la Institución: La Tierra. El planeta para los Incurable y Criminalmente Enajenados."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
All Rights Reserved
This text may under no circumstances be resold or redistributed for compensation of any kind, in either printed, electronic, or any other forms, without prior written permission from Borgen Publishers.
For further information contact Borgens Forlag,
Valbygaardsvej 33, DK-2500 Copenhagen Valby, Denmark, phone +45 46 36 21 00, fax +45 36 44 14 88