16 de Abril 2000 (La invasión)

 

'Mucha gente,' dijo Judith con disgusto, 'no estima nuestro trabajo en nada. Creen que nos basta abrir las piernas como lo hace la mujer los sábados. Bueno, no es así.
Cuando el marido se hace el electricista está bien que el resultado parezca un plato de espaguetis, pero ninguno de nosotros toleraría eso de un profesional, ¿verdad? Quien paga esos precios se espera algo especial.
Y además hay que hacer cuenta de la competencia. Una no se convierte en leyenda en esta profesión sin arrimarse el hombro.
Os voy a contar lo que me sucedió una vez, sólo para que no tengáis ninguna duda de lo que se exige. Primero, cuando ví la casa, estaba segura que la agencia se había equivocado.
Charles Smith tampoco tenía pinta de poder pagar los precios que cobro yo. Bueno, a lo mejor había roto la alcancía.
Estaba muy nervioso, y según la costumbre que tengo para calmarles, sugerí que le hiciera algo de comer, y así hablaríamos un poquito del asunto. Y como podréis comprender, durante estas conversaciones intercepto detalles que luego podrán ser útiles.
Son los detalles lo que distingue al profesional. Así pues, en la mayoría de los casos acabo revelando a mi cliente que en realidad soy emisaria de un planeta poblado por amazonas que quieren determinar, si los hombres de la Tierra les pueden servir como esclavos.
Charles, sin embargo, ya sabía exactamente lo que quería. Me quería atada a su cama.
Aunque yo tenía cierta sospecha de que él en su perplejidad no se había explicado muy claramente a la agencia, reconocí que ahora, como profesional, era demasiado tarde para retirarme. Asi que empezé a desnudarme - y cuando yo me desnudo no es como cuando se desnudan las demás mortales, de eso podéis estar bien seguros - y me acosté en la cama.
El manejó torpemente sus cadenas, y con una puñalada de desagrado me di cuenta que estaba indefensa. Arthur me ha visto tendida en una cama y sabe como quedo.'
'Sí', dijo Arthur con una voz levemente asmática.
'Bueno, pero aún así no parecía impresionarle mucho a Charles Smith. En vez de abalanzarse sobre mí como una gorda sobre el mostrador de una confitería, se sentó paternalmente en el borde de mi cama, y comprendí que se trataba de uno de aquellos, cuya preparación verbal tarda aproximadamente tres cuartos de hora. Me arellané lo mejor que pude y me dispuse a gemir en los lugares debidos.
"Hace cinco días", dijo mi despreocupado custodiador, "me ha visitado un señor en un expediente bastante extraño. A primera vista creí que me quería vender una enciclopedia, según la pinta que tenía.
`Se trata de una investigación,' dijo. "Le pagaremos por su tiempo.' Al decir esto, sacó de su bolsillo varios billetes arrugados de cien dólares, con la cara de una madre encontrando medias lombrices en los pantalones de su hijo. Al fin y al cabo no sería muy respetuoso dejarlo allí afuera.
`¿En qué le puedo servir?' le pregunté, después de haberle remolcado hasta un sillón.
Mi invitado carraspeó. `Soy de un planeta que usted difícilmente puede conocer. En aquel planeta hemos alcanzado un nivel técnica y culturalmente alto.
Ya no hay guerras, ni crímenes, ni pobreza. De eso se encarga la Fraternidad, cuyo representante soy.'
`Sí, bien,' dije.
`Vengo, porque la Fraternidad considera la posibilidad de colonizar este planeta.' Miró contento en torno del comedor.
`Me temo,' le dije atentamente, `que la Tierra ya está superpoblada como está.'
Sonriendo, levantó la mano. `Perdone. No me he explicado claramente. Por supuesto. La raza humana tendrá que desaparecer.'
`¿Desaparecer?'
`Ser exterminada.' Sacó una libreta del bolsillo. La Tierra es el planeta número 319 que despejamos en esta galaxia.'
Francamente, ésto me estaba enojando un poco.
`Cinco mil millones de personas - ¿ sólo así? Con todas sus culturas y esperanzas en el futuro..'
Mi invitado meneó la cabeza, como lamentando. `319 planetas,' dijo. `Uno se creería que lo iría a aprender, ¿no? Por supuesto que no se nos ocurriría exterminar a una raza inteligente.
Eso iría en contra de todo lo que representa la Fraternidad en esta galaxia. Si es que encontramos una raza inteligente, nosotros sencillamente seguimos al próximo sistema solar.'
Me levanté. '°Bueno, pero en este caso le deseo toda suerte!'
El extraterrestre miró mi mano, como si buscara algo en ella. Entonces, algo por lo visto se le habrá ocurrido, se volvió a echar atrás y rió. `Desafortunadamente no es tan sencillo. Déjeme que trate de explicarle nuestro problema.
La primera vez que nos encontramos era en el planeta 17, si mal no recuerdo. Sí, 17.
Encontramos una cultura con ciudades extensas, una complicada sociedad de clases, y estábamos a punto de seguir el viaje, cuando alguien alertó a la Fraternidad del hecho, que dicha sociedad se parecía mucho a la que había construido unas pequeñas criaturas en nuestro propio planeta. Éstos animales - sí, son pequeños - todos los días matamos algunos pisándoles, y es evidente que con sus cerebros microscópicos no pueden ser inteligentes.
Usted comprenderá nuestro problema, ¿no? - ¿cómo decidir si una especie es inteligente?'
Unió las manos. `Bueno, es por ahí que entro yo. Viajo como el primero al planeta en cuestión, escojo un ejemplar arbitrario y examino su inteligencia.
`No sé si soy yo quién debe usted elegir,' dije modestamente. `¡Usted no me ha entendido bien!,' dijo. `Con inteligente quiero decir consciente. Esta especie, ¿sabe que existe? - ¿Entiende usted lo que quiero decir?'
`Pero, ¡eso está claro!,' protesté.
`Me alegraría. ¿Usted cree tener una prueba?'
`Pues sí - el cerebro humano es tremendamente complicado.'
`¿Usted conoce el vac? No, no habrá estado en el planeta Juvenka. Pues, el vac es un gran animal marino, más o menos como las más grandes de sus ballenas. Su cerebro no sólo es grande, aún considerando el enorme tamaño del animal, es el más complicado que jamás ha encontrado la Fraternidad.
En realidad consiste de un vasto centro gustativo, que sin embargo es tan avanzado, que es capaz de llevar a cabo en pocos segundos un análisis químico, que tardaría un año en uno de nuestros laboratorios. Pero, ¿inteligente? Mr. Smith, usted no podrá contemplar en serio que...' `Pero - usted se dará cuenta por mis reacciones - ¿ Por qué se molesta en hablarme, si no cree tratar con un ser consciente?'
`Para contestar primero a la última pregunta: ¿ De qué otra manera decidir, si un ser es consciente, si no hablándole como un ser consciente y ver como reacciona? No obstante, tales reacciones son muy difíciles de tasar.
En efecto, la mayoría de los animales más desarrollados reaccionan adecuadamente, si no estarían ya extintos. Y da la casualidad que la naturaleza es capaz de programar una reacción automática, que puede ser muy difícil, si no bien imposible, de distinguir de un acto de consciencia.'
`Pero entonces, ¿cómo demuestra uno que una especie es consciente?' Rió nerviosamente. `La verdad es que yo esperaba que usted nos podría ayudar en eso.'
`¿Y eso quiere decir', hasta grité, `que todavía no ha habido ninguna especie capaz de proporcionar tal prueba?'
Sonrió, como deplorando. `En los 319 planetas. No, todavía no. Pero todavía lo estamos esperando.
Nos significaría tanto encontrar una civilización inteligente, con la cual pudiéramos colaborar.'
Se levantó y me tendió el dedo índice de la mano izquierda.
'Bueno, ya no ocuparé más de su tiempo. ¿Usted supone que dos o tres de éstos pagarán por su cooperación?'
`Quiere decir,' pregunté horrorizado, `que yo - que no hemos aprobado?'
`Pues...'
`Esperese. Si no me ha dado tiempo para pensarlo. ¿No podría usted esperarse una semana y venir otra vez?'
`¿Una semana?'
`Sí. Quizá entonces ya tendré la prueba que busca usted.'
`Una semana. Sí. Quedemos en eso.'
Y quedamos en eso. Ahora han pasado cinco días."
De modo que Charles Smith estaba sentado en la cama, llorando, y a mí me estaba doliendo seriamente la espalda, por no hablar de nuestros demás problemas.
"Me he estrujado el cerebro," dijo, "y no se me ocurre ninguna prueba irrefutable.
Al final presentía una solución. Consciencia - eso tiene que ver con hacer algo imprevisto, algo que no es característico, que no está en tu programa. Intentaba imaginar lo menos característico, que podría hacer un hombre como yo. Y llegué a la conclusión, que lo más improbable que podría hacer yo, era - un asesinato sexual."
Sonrió, como disculpándose. "Era lo único que se me ocurrió." Y sacó un cuchillo, que al parecer tenía medio metro de largo, y me miró como una ama de casa no acostumbrada a trinchar aves.
"¡Tengo una idea!", dije.
"Sí," dijo, "ya me imaginaba que tú sabrías más de esas cosas que yo. ¿Empiezo por cortar los pechos?"
"No es eso lo que quiero decir," dije enojadamente. "Primero, para hacer un asesinato sexual decente falta mucho tiempo de práctica. No es tan fácil. Si lo haces tú, sólo va a resultar un lío. ¡Y qué lío!"
Vi un temblor moverse como una onda desde la barriga de Charlie hasta su laringe.
"Y segundo, no demostrará nada. Dirán que es tu instinto de conservación. No, yo creo que este asunto hay que arreglarlo de otra manera.
Lo que pienso es, que si esta Fraternidad está tan ansiosa por no exterminar una raza inteligente, no podrán correr el riesgo de equivocarse. Por lo tanto, onus debe ser de ellos."
"¿Onus?"
"¡La obligación de probanza, amigo mío! Lleva la batalla al campo del enemigo. Que ellos demuestren que el hombre no es consciente." "Eso podría funcionar," dijo.
"¡Claro que podría!" dije, intentando de impedir que la cinta de acero rozara mi hueso del carpo.
"Y si no funciona," dijo. "Prometerás volver para que lo hagamos a mi manera?"
"Por supuesto," dije.


Bueno pues, dos semanas más tarde estaba otra vez. El mismo nombre, la misma dirección. Por qué fui, preguntáis. Tenía que enterarme del fin de la historia.
Y Charlie Smith era un hombre pequeño, que imposiblemente me podría subyugar. Sin embargo, las cosas no llegaban a eso.
Él me recibió radiante de júbilo y me aseguró que la humanidad estaba fuera de peligro. Sólo quedaba una cosita...
"Mi invitado," dijo Charlie, "volvió como había prometido, y le dije lo que tú dijiste. Por lo visto, le impresionó profundamente. En eso no habían pensado, dijo.
Y ayer volvió. Tu plan resulta ser un éxito. Habían abandonado toda idea de exterminar a la humanidad.
`Desafortunadamente', dijo mi invitado, `ahora nos enfrentamos a otro problema. Un problema que la Fraternidad está convencida que nos puede solucionar usted, y sólo usted.'
`Bueno,' dije, `y, ¿qué problema es?'
El hombre del planeta lejano ahora parecía muy poco impresionante. `Hambre,' dijo,`En todos los 318 planetas. Verá, no podemos comer sin matar, ni plantas tampoco.
Y ahora queremos que nos conteste una pregunta que nos resulta vital, y de la cual depende toda nuestra existencia.'
`¿Y es?,' pregunté.
Mi invitado parecía un niño pequeño que había olvidado su padrenuestro. Me miró, suplicando. `¿Cómo se demuestra que una especie no es consciente?' " '

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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