20 de Abril 2000(Espionaje)

 

"Yo daré la razón a Spencer," dije, metiéndome por una vez en la discusión. "La gente siempre parece toparse de noche con sus hombrecitos verdes de Marte, en carreteras descampadas."
"Sí," dijo Spencer, "y era también allí que yo me encontré con ellos." Y al oír esta declaración tan sorprendente, todos dirigimos la atención hacia el doctor, habiendo éste, como habíamos entendido, empezado a contar su cuento.
"Estaba camino a un congreso, encontrándome en una de aquellas carreteras largas y rectas que parecen seguir infinítamente hacia el horizonte. En ambos lados yacía el mismo paisaje desconsolador de polvo y cactus.
Mi motor empezó a toser y balbucear, y finalmente se paró. Allí estaba yo, rascándome el cuello, mientras el sol fue convirtiendo mi coche en un horno.
Bueno, no había muchas alternativas, y recordé que hacía no demasiadas millas había pasado una gasolinera. Por lo tanto, empecé a devolverme, sirviéndome de mi pañuelo como sombrero colonial provisional.
Dentro de una hora, efectivamente,di con la gasolinera, que sin embargo parecía estar abandonada. Llamé a la puerta e intenté ver algo en la oscuridad detrás de las ventanas sucias, sin que nadie hiciera caso a mi interés.
Había, empero, una cabina telefónica, y conseguí establecer contacto con un taller, donde sin embargo me dijeron, deplorando, que no podrían ir a recoger ni a mí ni a mi coche en las próximas tres o cuatro horas. Yo estaba agotado y tenía hambre y sed, pero no se discute con su salvador estando a un par de cientos de kilómetros de ningún sitio, así que les agradecí y colgué.
Di una vuelta a la casa y qué grande fue mi alivio cuando vi que había un bar automático, especialmente ahora que yo estaba bien provisto de monedas sueltas. La máquina estaba dividida en dos partes, de las cuales una era del tipo corriente con una columna central de compartimientos pequeños, cuyo contenido se hace disponible al comprador cuando, echando las monedas, se activa un mecanismo giratorio.
Escogí algo que parecía un bocadillo de jamón, aunque el color tras el plástico del embalaje me hizo suponer que había pasado el invierno allí. Desafortunadamente, en aquel momento tan crítico la máquina se había decidido a rechazar las monedas.
Salían tan pronto como yo las podía meter, y una señal me informó, parpadeando, del triste hecho, que mi dinero no servía. Con toda paciencia saqué algunas otras monedas de mi cartera, y la máquina las recibió, agradecida.
Pero eso era todo. Comprendí que ahora había tomado una posición media, ya que sí podía persuadirle a recibir mi dinero, pero a darme algo en cambio, no.
Animado por el éxito condicional, la alimenté por tercera vez, y ahora sí que pasó algo: El mecanismo giratorio se activó como un abuelo en su mecedora, y no sin cierta malicia reveló un compartimiento vacío a mi mano.
Si hubiera sido el bar automático de la estación del metro, habría dejado ya el experimento por inútil, pero la máquina tenía la ventaja del lugar, de no tener que preocuparse mucho por la competencia. Y por cuarta vez me comprometí al tragamonedas, y, bailándome el corazón, vi que mi bocadillo salió de su escondite, acercándose a la apertura.
Allí no se paró, sin embargo, sino que siguió adelante igual que un tren que no se detiene en ésta estación. El compartimiento siguiente estaba vacío, así que la decisión a la que que me enfrentaba en los próximos segundos, era si tenía que poner en peligro mi salud para apaciguar mi hambre.
Al final decidí que el uso de la mano derecha era lo más importante, y el jamón encanecido desapareció de mi vida, para siempre. Era en aquel momento que se me presentó la sed, como un puñado de tierra en mi garganta, y dirigí mi atención hacia la parte de la máquina diseñada a suministrar líquidos. Se podía elegir entre café, té, consomé y zumo, entre los cuales yo escogí lo último, intentando no pensar en cerveza.
Como su compañera, esta máquina recibió mi dinero sin remordimientos, después de lo cual me sirvió un vaso vacío.
La segunda vez, sin embargo, el vaso empezó a temblar en cierta posición de la cinta de avance, estando debajo de un grifo. Entonces se adelantó aún un par de centímetros, derramando así mi zumo por el lado exterior del vaso.
Después de este fracaso total decidí estrenar la segunda mitad del bar, que en un principio me había espantado con su apariencia electrónica y sus complicadas instrucciones de empleo. Después de haber leído atentamente por tres cuartos de hora, habiendo dado unas cuanta vueltas a la casa, examinándome en el pensum, me atreví a confiarle una moneda de diez centavos.
Primero había que indicar si se quería algo de comer o de beber. Escogí líquido, aclarando que tenía que ser zumo, después de lo cual me preguntó por `sabor'.
De buenas ganas escribí `naranja', y, contestando a la pregunta de `cantidad', el número 'uno'. La máquina aconsejó que leyera las instrucciones de empleo, y se quedó con el dinero.
Le dí una patada, sintiendo vívidamente que tenía que dolerme más a mí que al monstruo aquel. Y empecé a dar vueltas delante de la máquina, mientras mi cerebro estaba trabajando a toda fuerza.
Tenía que haber algo que se le pudiera meter en alguna apertura, pero por supuesto que no lo había. Además, si hubiera tenido cualquier tipo de líquido a mi alcance, sin duda lo habría tomado sin pensar demasiado en las demás cualidades que pudiera tener.
Al final me enfrenté a la máquina con la misma determinación que caracteriza al duelista enfrentándose, en el momento decisivo, a su adversario, pidiendole `líquido', seguido por `lomo'. Pedí sabor de `arsénico', y de número los decimales de pi, que recordaba.
Y tras un silencio larga -el cual interpreté como si estuviese pensativa- salió, finalmente, una larga tira de papel, como el recibo de caja de una tienda, de una grieta que todavía no había visto. A cualquier otro habría dado la impresión de ser los códigos de los artículos de la máquina, pero yo soy médico, como ya sabéis.
Y lo que tenía delante de mis ojos al abrir la tira era, evidentemente, un poligrama, es decir, una indicación del pulso, de la presión sanguinea, etcétera. Y por alguna razón estaba convencido que el pulso y la tensión que, de alguna manera extraña, la máquina había medido, eran los míos.
En las horas venideras estaba experimentando, pidiendo todas las cosas más absurdas que se me ocurrían, pero eso era todo lo que pasaba. Vi en mi reloj que ya era hora de volver a mi coche, y eso hice.
Pero al volver del congreso, cuando otra vez pasé por la gasolinera, no pude resistir la tentación de echarle una ojeada. Pasé la gasolinera, dejé el coche una milla más adelante y volví, deslizándome.
No se por qué me colaba, tal vez era por el ambiente, por que era más de medianoche. Al llegar, no obstante, vi que otro había desafiado la máquina, y no pude resistir, sino que me retiré y me puse a mirarlo, inadvertidamente, para seguir su progreso.
El sin embargo parecía saber qué hacía, pero aun así la máquina sólo le dio una tira hasta interminable por sus esfuerzos, un papel con el cual, paradójicamente, parecía estar muy contento. No tenía pinta de viajante comercial varado, y me animé a llamarlo.
-¿Qué es ésto?, pregunté y señalé hacia la tira que se estaba despareciendo en su cartera.
-Inventario, sonrió, amablemente. -Existencia, ventas, fondos, etcétera.
Empezó a andar hacía su coche.
-Poligramas, quiere decir usted. ¿Se puede preguntar por qué?
Respiró, profundamente.
-Bueno, sí. ¿No es evidente?
-No exactamente, confesé.
-¿Nunca le ha extrañado, dijo, -que ninguna de estas máquinas funcionan? ¿Que una civilización capaz de mandar un hombre a la luna no puede manufacturar una máquina que reciba una moneda y devuelva una pastilla de chocolate?
-Pues sí.
-Claro, la explicación es, sencillamente, que esa no es la función de estas máquinas. Su función es analizar las reacciones del usuario.
-¿Y eso por qué?
-Mi raza -sí, como ya habrá adivinado, no soy de este planeta- mi raza representa un imperio galáctico. Pero no todas las razas son fáciles de subyugar. Si la población opone demasiada resistencia, será mejor seguir al próximo planeta. Planetas hay de sobra, claro.
Ahora, el problema consiste en cómo tenemos que proceder para determinar el espíritu de resistencia de cada raza. ¿Usted alguna vez se ha fijado en un hombre enfrentándose con una de estas máquinas, en sus reacciones?
-Uno se mosquea ....
-Exactamente. Pero la ira y la agresividad pueden ser muchas cosas. Hay personas que sencillamente son coléricos. Ellos se tranquilizan dentro de un par de minutos.
Y ya no hay más. La ira se ha gastado.
Luego vienen aquellos, que en realidad no son muy agresivos, y que lo saben. Siempre están montando mucho jaleo y armando mucho ruido, para que nadie se dé cuenta.
¡Mire éste!
Me enseñó una parte de la tira.
-Después de un intento fracasado empezó a darle patadas a la máquina. Una patada, acaso dos, y se fue.
Aquel se parece más a usted. Se controló hasta el final, y terminó dándole una patada formidable y bien dirigida. ¿Comprende? Y este aquí... ¡ay no!
Parecía haber perdido el ánimo por completo.
-¿Qué le pasa? pregunté, compasivo.
-Pues nada, dijo. -Nada aparte del hecho, que la estadística de este mes ya está para echarla en la basura.
Miré el trozo de papel que le había deprimido tanto. Reveló un pulso completamente regular, y una tensión baja desde el principio hasta el final.
-Es terrible, ¿verdad? Es un sonreidor.
-¿Un sonreidor?
-Un sonreidor. Uno de aquellos, que siempre son respetuosos y amables, y que no se mosquean nunca. Que siempre andan sonriendo.
-Pero, eso le tiene que parecer bien a usted, desde su punto de vista, ¿no?
-Es terrible, dijo. -Horrible. Cuando un sonreidor finalmente se mosquea, no desfoga su ira en un tragamonedas, se lo aseguro.
Una vez tuvimos la mala fortuna de intentar subyugar una raza con muchos sonreidores. Parecen tan inofensivos.
Nuestras tropas parecían haber pasado por un picador de carnes. ¡Sonreidores! Malditos psicópatas...
Volví a mi coche, meditando sobre el asunto. Bueno, ya sabéis lo que yo pienso de los testigos de ovnis, así que no lo he dicho a nadie.
Algunos días después había vuelto a la civilización y estaba en medio de una muchedumbre. De pronto, sentí que alguien me empujó levemente, y me volví hacia atrás. El hombre que me había empujado parecía estar muy infeliz.
-¡Perdóneme usted! dijo. E hizo algo que no olvidaré nunca.
Sonrió. Y aquella sonrisa era, comprenderáis, con toda su amabilidad altruística, lo más ominoso que jamás he visto."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
All Rights Reserved
This text may under no circumstances be resold or redistributed for compensation of any kind, in either printed, electronic, or any other forms, without prior written permission from Borgen Publishers.
For further information contact Borgens Forlag,
Valbygaardsvej 33, DK-2500 Copenhagen Valby, Denmark, phone +45 46 36 21 00, fax +45 36 44 14 88