24 de Mayo 2000 (El ciclo del negocio)

 

"Ahora me parece que hemos pasado por todas las religiones del mundo," dijo Arthur. "Digo, con el cuento de Judith del judaísmo, el mío del cristianismo, y el de Roland de la religión nórdica."
"Nos falta el budismo," objetó Judith.
"¿No es algo de la reencarnación," preguntó Eve.
"En realidad no," dijo Roland, pedagógicamente. "Samsara más bien describe la circulación del espíritu en la naturaleza..."
"Nunca he entendido," dijo Judith, "para qué tenemos que tener todas esas vidas. Un hombre que no ha sacado ningún partido de esta vida, difícilmente lo sacará de la próxima."
"Allí te equivocas, guapita mía," moralizó León, quien a pesar de su ortodoxia nunca había dejado de sorprendernos. "La reencarnación es un imperativo.
Intentaré explicaros. Una vez, hace eones, antes de hundirse la Atlántida y conversar Ikhnaton con los platillos volantes, el hombre vivía una edad aúrea, descrita en detalle por Hesíodo y Swami An-Other-Dollarami.
Nadie estaba trabajando, porque la fruta podía ser recogida directamente de los árboles. Bueno, la ociosidad es la madre de los vicios, y eso, por lo tanto, dolió a un tal Opulentus, quien era un hombre bueno.
Era igualmente emprendedor, sin embargo, por lo que enseguida construyó un muro rodeando a él y a los frutales que consideraba suyos. Con eso, por supuesto, sólo estaba protegiendo su propiedad.
Sus compañeros se extrañaban, pero como había frutales en abundancia, conservaban la calma. Al día siguiente, sin embargo, se podía leer en el muro:
LA FRUTA OPULENTUS SABE TANTO MEJOR.
Era natural que se quería comprobar esta afirmación, y Opulentus no carecía de voluntad de dar muestras: por cada árbol que sus compañeros le recogieran, se podían quedar con una fruta. Así en pocos días, aquel pionero convirtió una raza indolente y flemática en un modelo de diligencia y ambición.
Por desgracia, de esa manera se estaba recogiendo más fruta de la que Opulentus se podía comer. Y se le ocurrió que podía dar sueldo a sus empleados por mejorar y ampliar el muro, hasta que acabó comprendiendo todos los árboles del país, asegurando así el pleno empleo.
En una de sus rondas de inspección, sin embargo, encontró una pequeña piedra brillante en el suelo, y, excavando un poco con el pie, otra más. Entusiástico, mandó a sus empleados a que excavaran, y pronto habían encontrado auténticas montañas del hermoso metal.
Ese significaba, por supuesto, que se tenían que quedar la mayoría de su tiempo debajo de la tierra. Eso por supuesto sólo hizo que apreciaran tanto más su tiempo libre, cuando podían estar media hora al sol, disfrutando su fruta semanal.
Da la casualidad que siempre ha habido hombres que no soportan ver que otros prosperen, y alguna vez un tal empezó a agitar para que se derrumbara el muro, para que cada hombre después recogiera tanta fruta como pudiera comer. Si a Opulentus le interesaban tanto las piedras, que excavara el mismo.
La cosa, sin duda, hubiera acabado en rebelión y saqueo, si no hubiera intervenido la propia Providencia. Durante una de sus fervientes agitaciones, el dirigente de la rebelión tuvo la mala suerte que le cayera un árbol en la cabeza, que Opulentus había empezado a talar, y en el cual, por mera coincidencia, se había apoyado.
-Queridos hijos, dijo a la excitada multitud. -Sí, espero que me perdonáis por llamaros así. Para mí, la empresa de Opulentus siempre ha sido como una gran familia.
Como véis, Dios ha pronunciado su juicio sobre ese rebelde enemigo de Dios. ¿No ha dicho El: Con el sudor de tu frente comerás tu fruta?
-Qué Dios más desagradable, murmuró uno de los espectadores, mirando de reojo a los árboles cercanos.
-De ninguna manera, aseguró Opulentus. -La vida no essino un breve período de prueba, y el que aprueba, será, llegada la muerte, elevado hasta un hermoso jardín, donde nadie trabaja, y la fruta puede ser recogida directamente de los árboles.
Eso les parecía bastante razonable, y así nació la religión." "¡Qué investigador de religiones," musitó Roland, impresionado, "no se ha perdido en ese hombre!"
"Ahora, nadie puede vivir para siempre," continuó Spencer, "y también llegó el día, en que el propio Opulentus tenía que morir y dejar la empresa a sus hijos. '¡Cuidadle bien!' dijo y cerró los ojos.
Pero apenas podía terminar de cerrarlos, antes que Dios viniera en su encuentro.
-Sí, dijo El, -he intentado arreglarlo, en la medida de mis fuerzas, según los principios que tú indicaste mientras todavía estabas vivo, pero ahora que tu mismo has llegado aquí, me gustaría que tu te hagas cargo.
Y Opulentus encontró e todos sus antiguos empleados, que sonreían y le saludaban con la mano. Nadie trabajaba, por que la fruta podía ser recogida directamente de los árboles, como Opulentus había prometido.
Reflexionó un poco sobre ello, y llevó a Dios a un lado aparte.
-¿No has oído, dijo, -que la ociosidad es la madre de todos los vicios?
-Sí, dijo Dios, inseguro. -Pero, ¿qué tenemos que hacer?
-Tengo una idea, dijo Opulentus, porque ideas no le faltaban nunca.
-Construiremos un muro...
Y dentro de poco, con la asistencia de Dios había hecho para el cielo lo que hace tiempo había hecho también para la tierra.
Por supuesto, aquí también había elementos subversivos con ideas anarquistas de quitar el muro y compartir las frutas. Uno creería que al menos el Reino del Cielo debería estar seguro para la democracia, pero como bien lo sabéis, es una característica del comunismo, que quiere conquistar todo.
Nadie hubiera podido recriminar a Opulentus si se hubiera decidido a constituir un cuerpo de ángeles para mantener el orden público, pero como en el fondo tenía una mentalidad parlamentaria, dijo:
-¡Mis queridos amigos! ¡Deberéis comprender que este sitio sólo representa un breve período de prueba, antes de nacer al hermoso mundo, que está tan lleno de frutales, que nadie tiene que pasar hambre!
-Pero, dijo Dios, un poco preocupado. -¿No les perjudicará la ociosidad en la tierra?
-Olvidas, dijo Opulentus con calma, -que dejé mis hijos allí. ¡Ellos se encargarán de asegurar que todo vaya según tu voluntad, mi Señor!
Y así fue. Y ahora, mis queridos hijos," terminó León su discurso teológico, "espero que entendáis por qué la reencarnación es un imperativo."

 


 

Extracto del libro: "2000"
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1991
First published 1991 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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