La historia de Olsen

 

Olsen era un hombre de mediana edad, con una cara de esas, como las que les pintan los niños a los huevos de pascua, cejas pobladas y curvas sobre los ojos redondos, dentro de sus gafas de culo de vaso y una boca grande.

“Hjadstrup no lo hizo nada mal”,dijo.
“No sé a cuánta gente mató. Eso nunca se llegó a saber.
A la mayoría de la gente se le ha olvidado cómo estaban las cosas en aquellos tiempos. Era el colmo del desempleo!
Los políticos estrangulándose y poniéndose la zancadilla unos a otros, como siempre, en un intento de dar mejor imagen que los demás. Normalmente estaban demasiado ocupados preparándose para la siguiente campaña electoral como para reaccionar.
Así que pensamos que si le diéramos el poder a un sólo hombre, por fuerza tendría que ocurrir algo. Y vaya si ocurrió! Por supuesto que no todo salió bien. Pero se puede decir que algo empezó a cocerse en la cacerola.
Eso de que había que limpiar Dinamarca nos parecía bien. Primero había que echar a todos los políticos que estaban chupando del bote.
Y luego estaban los aprovechados. No eran tanto los desempleados.
A cualquiera le puede pasar quedarse en el paro. Eran más las minorías.
Había tantas minorías que ya casi eran mayoría. Me refiero a los artistas, los drogadictos y los extranjeros.
Especialmente los extranjeros. Estábamos hasta las pelotas de oír sus penas.
Sobre todo estábamos hartos de oír lo racistas que éramos por no dejarles pasearse por nuestra sala de estar y sentarse en nuestro sofá. Quiero decir que, eso de que eran refugiados, no había nadie que se lo creyera.
Joder, está claro,si se pudiera viajar a un lugar donde a uno le dieran todo gratis, es que yo hacía las maletas ahora mismo! Y es que cada vez venían más.
Era como…-sí, hombre, qué era lo que les llamaba Hjadstrup?- …una plaga. De esas que caen del cielo y se comen todo el campo y luego van a por otro.
Eso estaba claro que lo harían en cuanto no quedase nada más para comer. Qué podíamos hacer?
Ir a Irán? Y entonces los que quisieran trabajar se quedarían con nuestros propios puestos de trabajo.
Teníamos uno de ellos donde yo trabajaba. Le llamaban Hassan, pero yo sabía bien que se llamaba Reza y era de Irán.
Parecía totalmente un terrorista com los de las películas, igualito! La piel renegrida, con entrecejo y con un bigote enorme.
Siempre se sentaba solo en la cantina, metido una esquinita. Alrededor de él había un montón de mesas vacías. A mí eso me parecía de lo más tonto.
Yo pensé que él no tenía la culpa de lo que los otros extranjeros andaban haciendo por ahí. Que yo sepa él no había violado ni matado a nadie.
Al fin y al cabo, teníamos que trabajar juntos, así que, un día, fui hacia él y le pregunté si me podía sentar.
Sabéis lo que hizo el muy idiota? Dijo: “perdón”, cogió su comida y se levantó.
Se creería que quería quitarle el sitio para ganar alguna apuesta que hubiera hecho con los otros. Se hacían tantas chiquilladas de esas…
Pero no creo que fuera con malas intenciones. Era más por matar el tiempo.
Así que le expliqué que sólo quería sentarme con él, si no le importaba. Entonces le pregunté que qué le parecía vivir en Dinamarca y tal.
Parece ser que se había largado de Irán por causa del gobierno, porque eran muy fanáticos de Alá, me entendéis?
Había que rezarle cinco veces al día. Es que así no me extraña que se largara de allí, vamos. “Entonces, tú no eres musulmán?” le pregunté.
“Se puede ser musulmán y, al mismo tiempo, estar en contra del sistema”dijo. “Por ejemplo, si tú fueras alemán en la época de Hitler, tú seguirías siendo cristiano, no?”.
“Yo no soy cristiano” le respondí.
“No”dijo. “Es extraño. Tenéis muchas iglesias, pero no hay nadie que sea cristiano”. En eso tenía razón.
Parece ser que el tío tenía un buen curro en Irán. Era catedrático.
Había llegado hasta Turquía con un pasaporte falso y desde allí se vino a Dinamarca. Se había traído a su padre porque, según decía, no podía apañárselas solo.
Además, les podía haber dado por echarle la culpa al descubrir que su hijo se había largado. Tuvo que gastarse todo lo que tenía en sobornos, así que, cuando llegó aquí, no le quedaba ni una corona y le ofrecieron este trabajo.
Entonces empezó a hablar de Dinamarca, la Constitución y muchas más cosas que yo no comprendía. Él se lo sabía todo.
Joder, si uno se pudiera presentar a un examen de lo que es ser danés, él lo hubiera aprobado y yo hubiera cateado! Me dijo que se alegraba de tener un amigo en Dinamarca, y yo creo que lo decía de corazón.
Me invitó a su casa y nos bebimos un par de birras. Pero el padre era un viejo turco de los de verdad. Solo le faltaban las babuchas.
Estaba ahí sentado, mirándonos todo el rato con cara de vinagre y sin decir ni mu. Claro que tampoco nos entendía porque estábamos hablando en danés.
“A mi padre no le gustan los daneses” dijo. Estaba de cachondeo? Se viene todo el camino desde `Morolandia´, le dejan entrar en el país, y al muy imbécil resulta que no le gustan los daneses! Yo me puse de todos los colores.
Lo peor de todo es que yo quería caerle bien. Hombre, era el padre de mi amigo, no?
Se me ocurrió una idea. Fui a la biblioteca, cogí el Corán, que es el libro sagrado de los moros y me senté a leer hasta que encontré una parte buena. Le pedí a Reza que me lo leyera en árabe.
Era donde dice :“En verdad son ellos los que crean discordia, pero no lo comprenden”. Sabéis?
Lo que yo quería decir es que en realidad era él el que creaba discordia entre nosotros sin darse cuenta. Eso fue lo que le dije.
En árabe. Entonces se rió.
No sé por qué se rió. A lo mejor estaba empezando a caerle bien.
Quizá se estaba riendo de mi pronunciación. El caso es que después de aquel episodio se reía cada vez que me veía.
Entonces llegó Hjadstrup con su `bloqueo a la inmigración´.
Reza se alegraba de haberse colado a tiempo en el país, pero al poco tiempo empezó a quejarse.
Se dió cuenta de que Hjadstrup quería mandar a todos los inmigrantes fuera de Dinamarca y eso lo iba a conseguir, entre otras cosas `criminalizándolos´.
Era algo relacionado con las tiendas de 24 horas. En algunas de las tiendas habían sacado una moda de esas, ya sabes, con jovencitas de uniforme rojo y medias de rejilla. Bueno, pues según un estudio del Ministerio de Consumo, las tiendas que no seguían esa moda, tenían la mayoría de los productos caducados. Muchas de ellas incluso fueron cerradas por falta de higiene.
La mayoría, por supuesto, eran de inmigrantes. Reza pensó que todo era un complot!
Al menos sí que tenía razón en que Hjadstrup quería echar a todos los refugiados fuera del país. Todos los que no tuvieran la nacionalidad danesa tenían que irse antes del 2022.
Luego lo cambiaron al 2023. Hasta que en un periódico alguien señaló el considerable aumento del número de matrimonios entre daneses e inmigrantes.
Así que, para cuando la ley entrara en vigor, no quedaría ningún inmigrante que no se hubiera agenciado de esa manera la nacionalidad danesa. Entonces declararon los matrimonios no válidos.
Más tarde hicieron los mismo con todos los matrimonios contraídos entre ciudadanos daneses y `personas de procedencia no-danesa´. Por ejemplo, uno no podía casarse con alguien de Irán.
También estaba lo de los terroristas. Muchos de los llamados refugiados eran criminales perseguidos en su propio país.
Era una locura absoluta.Dinamarca les había estado cubriendo las espaldas! Pero entonces empezaron a mandarles de vuelta a su país.
El 22 de noviembre del año 2023, a eso de las diez de la noche, estaba yo sentado viendo una película de vídeo que había alquilado, cuando oí un estruendo que venía de la calle y un ruido de cristales rotos. Miré por la ventana. Había jaleo donde la tienda de 24 horas, así que bajé a ver qué pasaba.
A la puerta estaban el dueño de la tienda y uno del barrio pegándose gritos. “Eso no tiene nada que ver conmigo” repetía el dueño. “Fuera de mi tienda”.
Dentro había unos cuantos destrozándole el negocio. “Qué estáis haciendo?” pregunté yo con cuidado.
El danés que estaba afuera se giró hacia mí con lágrimas en los ojos y me dijo: “Han disparado a Hjadstrup!”
“Quién?”
“Los jodidos moros…”
Un joven salió de la tienda con una caja de cervezas. “Tienes que pagar por lo que te llevas!” le dijo el dueño.
“No” dijo el otro. “Eres tú el que tiene que pagar por tu jodida estampa! Vais a pagar todos por esto, eso os lo aseguro”.
Al final había un montón de gente asomada a la ventana del primero. La mayoría parecía divertirse.
Uno de los moros era de piel más oscura que los otros. “Mojamé!”, le gritó el dueño, “llama a la poli!”. La frase le pareció especialmente divertida a la gente.
“Mojameeé, llama a la poooli!” repetían. La policía tardó más de veinte minutos en llegar.
“Pues sí que han tardado!” dije yo. El policía meneó la cabeza hacia los lados.
“No podemos controlar la situación. La ciudad entera está igual. La gente se ha vuelto loca”. Y se puso a considerar los destrozos casi melancólicamente mientras los otros seguían desmantelando el local.
“Oye!” dijo al final. “Qué es lo que pasa aquí?”
El que había estado hablando conmigo antes sonrió al poli y le dijo: “Estamos de limpieza”
“Ya”
“Sí, nos pareció que ya iba siendo hora. Es que ya estaba empezando a oler, sabes?”
“Sí, sí” dijo el poli. Dentro de la tienda ya sólo quedaba una última estantería por `limpiar´.
Por el suelo había periódicos y granos de maíz en un mar de cerveza y leche. “Parar ya, coño!” dijo el policía.
“Si ya estamos acabando”
“Están destrozándome la tienda!” dijo el dueño.
“Sí” dijo el agente.“Usted será mejor que venga conmigo…” Lo metió en el coche y se lo llevó, mientras la gente en la calle gritaba y aplaudía.
Me subí para casa y puse la tele. Parece ser que un joven iraní había disparado al primer ministro a la puerta de su casa.
Su estado era crítico según los médicos. El resto de la noche estuvieron echando reportajes del hospital y de gente `manifestándose´, como ellos lo llamaban, contra los extranjeros por toda la ciudad.
A la mañana siguiente salió Hjadstrup al balcón apoyándose en un bastón y con un brazo vendado. El doctor le había aconsejado dos semanas de reposo, como mínimo, pero él decía que no tenía tiempo para eso. El médico le acompañó a regañadientes y le tuvo que dar el alta para el mediodía.
Para evitar las aglomeraciones a la salida del hospital, hicieron pública la ruta a seguir por la ambulancia hasta la casa de Hjadstrup. Las cámaras estaban en sus puestos por todo el camino, así que yo lo vi todo desde el sofá de mi casa.
La gente se subía a los coches y a los semáforos para ver pasar la procesión, mientras gritaban repetidamente el nombre de pila de Hjadstrup.
Había pancartas que, principalmente, trataban de la milagrosa salvación del héroe de Dinamarca. Pero al día siguiente los periódicos sólo decían: “Fuera con ellos!” y cosas así. También decían algo de una conspiración de los moros.
La policía se puso a arrestar a todos los extranjeros. También vinieron a buscar a mi vecina de abajo. La iban a mandar a Chile, de donde sus padres habían huído años atrás. Ella tenía 45 años y nunca había estado en Chile, pero ya iba siendo hora de mandarla a casa”.

Entonces el doctor se dirigió a Olsen. “Es cierto, algo de eso he oído. Les mandaron a todos de vuelta, también a países donde no eran bien recibidos”
“Y entonces, qué hicieron con ellos?” dijo Agner. El doctor le sonrió con crueldad.
“Les metieron en unos barcos de carga enormes y, al llegar a la frontera del país en cuestión, les mandaron fuera en botes de goma. A algunos los mataron en cuanto llegaron a tierra. Otros desaparecieron en el océano. Sólo unos cuantos tuvieron la suerte de encontrar asilo en otros países”
“Sí” intercaló Bronstein. “La reacción internacional fue bastante interesante. Por supesto que se hicieron duras críticas, pero, curiosamente, no se dieron órdenes a la Marina de tomar tierra y destituír al dictador loco para defender los Derechos Humanos. Por qué sería?”
“Bueno, el caso es que Reza no vino a trabajar” siguió contando Olsen, “pero sí que apareció en la cantina y se sentó en nuestra mesa de siempre. Le rodaban gotas de sudor por la cara a pesar de que hacía bastante frío. Estaba temblando por todo el cuerpo.
Se habían llevado a su padre mientras él no estaba en casa. Iba a intentar escaparse a Suecia. “Me quieren matar!” repetía.
“No, hombre” le dije yo. “Sólo te quieren mandar de vuelta a tu país”.
Me miró con ojos de loco. “En Irán ejecutan a todos los que intentan exiliarse”. Yo me quedé allí sentado, asintiendo con la cabeza.
Qué se le puede decir a una persona que sabe que está condenada a muerte? Reza me miró con aire de confusión.
“No puedo quedarme un par de días en tu casa hasta que se me ocurra algo?”
Eso era peor. Estaba prohibido ocultarles, entendéis? Según las nuevas leyes te podían podían caer seis meses o incluso un año de cárcel.
Si te pillaban, te mandaban a una cárcel de Jutlandia con un billete de ida nada más. Y yo no estaba por la labor.
Así que le dije: “Vale, pero sólo un par de días”. Le expliqué que si venía la policía tenía que decirles que yo no sabía que le estaban buscando.
La policía tenía una lista de nombres, pero uno no podía estar seguro de quién figuraba en ella, aunque la mayoría tenía claro que vendrían a buscarles más tarde o más temprano. No podíamos salir de allí juntos, así que le di las llaves de mi casa y le dije dónde estaban las cervezas.
Bueno, un par de horas más tarde, aparecieron los maderos y empezaron a hacer preguntas. A mis fieles compañeros de trabajo no les llevó mucho tiempo mandarles para donde yo estaba. Es lo más extraño que me ha pasado en la vida.
Yo, claro, tenía todo preparado, mi cara de sorpresa y mi pregunta inocente: “Están buscando a Reza? Pues tiene las llaves de mi casa! No será peligroso, no? Y a mí que me dijo que necesitaba un sitio donde dormir porque acababan de pintar en su casa! Me han tomado el pelo estos cabrones, porque es que son así estos jodidos moros. A nosotros nos engañan fácilmente porque nosotros no somos así”
Al fin y al cabo yo no podía hacer nada más por él, no?
Lo único que iba a conseguir si les mentía era joderme yo también. Es lógico, no?
Y ahí estaba yo, pensando `que Dios me ayude´ y oyendome a mí mismo decir que no sabía dónde estaba y vi que me creían. Asintieron con una sonrisa y dijeron: “Gracias por la ayuda y contáctanos si te enteras de algo”.
Cuando se largaron, pasaron varios minutos antes de que pudiera moverme y las dos horas que faltaban para salir del trabajo se me hicieron eternas. Intenté no correr hasta estar en la calle, mientras pensaba en el lío en el que me había metido.
Creí que ya se habría ido para cuando yo llegara a casa. Busqué la llave debajo del felpudo, pero no estaba.
La puerta no tenía echado el cerrojo. Al entrar oí la tele y vi a Reza sentado en mi sofá, con dos cervezas delante, viendo un programa infantil.
Me quedé frío en un momento y empecé a pensar en lo gilipollas que había sido y que era cierto todo lo que se decía de los putos moros, que eran una panda de aprovechados y los demás les importaban una mierda. Yo arriesgándome el pellejo por él y el muy imbécil había estado ahí, tocándose los huevos en mi sofá.
Se giró hacia mí y me di cuenta del miedo que tenía cuando le dije que la poli había ido a verme al trabajo. Me dijo que quizá era mejor que se fuera, pero yo le dije que no creía que vinieran a buscarle a mi casa. Fui bastante convincente.
Ahora, después de todo lo sucedido, ya no siento ningún rencor, ni siquiera hacia los policías. Tengo otro sentimiento y es tan grande que no hay espacio para más.
Intento analizar qué es lo que puede ser. Me parece que es una especie de orgullo
Me entendéis? Yo siempre había querido ser algo en la vida, pero es como que nunca había llegado a tanto.
Quiero decir que cuando uno hace lo que yo, no va uno dando su tarjeta por ahí. Pero ahora entiendo de repente que, sin querer, sin saberlo siquiera, me he convertido en algo increíble, más valioso que todos los millonarios y los ministros del mundo.
Eso es lo que yo he comprendido, entendéis? Yo, allí, calmando a Reza, a pesar de tener tanto miedo como él, consolándole como a un niño. Siento que me he convertido en un Ser Humano.

 


 

Extracto del libro: "Døden" (La Muerte)
Traducido por Francisca Requejo Marchand
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1996
First published 1996 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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