El Manuscrito de Coco

 

Lo encontraron en la biblioteca del Vaticano. Según dicen, originalmente fue encontrado en una botella que luego se perdió.
"El día 4 de agosto del año del Señor 1.550, diez años después que nuestro general había fundado nuestra Compañía y solamente tres años después que el rey venció a Gog y Magog en la batalla de Mühlberg, yo, Fray Juan de la misma orden, fui ordenado a embarcarme en la nave Juana bajo el hábil mando del capitán Lazaro. Sin embargo, en el tercer día de la cuarta semana del viaje el viento se apaciguó, y hubo una calma hasta tan espantosa como si nuestra nave se hubiese encontrado encima de un espejo tendido.
Durante la noche sobrevino una niebla densa, y se difundió el rumor entre los tripulantes que la providencia divina por culpa de nuestros pecados nos había puesto a todos en el Limbo.
No obstante, Fray Miguel y yo logramos calmarles haciendoles recordar nuestra misión, que a la verdad es traer la palabra de Dios a los desesperados de la Tierra.
Ahora rogábamos todos a Dios que dispersara la ilusión engañosa del Diablo, y la gracia de Dios tampoco se hizo esperar: un viento fresco llenó las velas, y el lustre tenebroso que ya había llenado el cielo un rato desapareció. Sin embargo, ahora por el poder de una subcorriente misteriosa habíamos derivado tanto del rumbo original, que ninguno entre nosotros sabía donde se encontraba.
Varias cosas indicaban que no estábamos lejos de tierra, y pronto apareció en el horizonte un grupo de islas hasta entonces desconocidas. Después de haber consultado sus mapas el capitán Lazaro, sin embargo, estaba seguro que éstas isla eran las mismas que había descubierto nuestro compatriota Juan Bermudez, y donde éste había permanecido una temporada, en calidad de naufrago.
Acercándonos a la costa, la presencia de muchos barcos pequeños nos llamó la atención, y concluimos que los indígenas se habían dado cuenta de nuestra llegada y que habían decidido venir en nuestro encuentro. El capitán Lazaro, que no se fiaba de sus intenciones pacíficas, exigió que los hombres se armaran enseguida, inculcandoles, al mismo tiempo, no hacer nada que se pudiera interpretar como acto de hostilidad.
Poco después, un barco extraño que no llevaba vela llegó a la Juana, y permitimos que viniera a borde una diputación pequeña. Los indígenas miraron la nave grande y las cotas de malla y armas de la tribulación, mientras nosotros procurábamos no espantarlos.
Nos empezaron a hablar en su idioma barbárico, y dieron muestras de una sorpresa profunda de que nosotros no les entendimos. Seguían con tanta insistencia que el capitán al final perdió la paciencia y les gritó una maldición en su lengua materna, y con gran sorpresa nuestra se adelantó un hombre con la tez mas clara y nos empezó a hablar en un castellano chapurreado. Expresó su asombro de nuestra aparición repentina, causada según he explicado por la niebla que había envuelto la nave. Nos preguntó de donde veníamos y cuál era el propósito de nuestro viaje.
Le explicamos que veníamos de un país hacia el oriente, y que el rey nos había mandado buscar contactos con otros reinos, no para subordinarles con la fuerza, sino para contraer con ellos lazos de amistad. También la hablé de la misión de Fray Miguel y yo, que era traer un mensaje de gracia y de consolación a todos los pueblos del mundo, como nos lo había mandado nuestro señor Jesucristo. Al oír eso, hizo una sonrisa tan insidiosa que en un momento no sabia si tenía delante de mí un hombbre o un demonio en la apariencia de un hombre.
Al parecer, empezó a traducir lo que yo le había dicho a los demás, porque empezaron a reirse estúpidamente salvo uno, que se comportó de una manera muy provocativa. Ahora, nuestro intérprete nos dijo, que su superior no había recibido ningún aviso de nuestra llegada, y que hasta que se recibiera tal aviso no se nos podía permitir entrar en el puerto. Luego todos volvieron al extraño barco, que hizo un ruido como un zumbido al volver a la costa.
Después de una conferencia corta decidimos poner un barco en el agua y primeramente preocuparnos de nuestras propias necesidades, más que nada comida y agua dulce. Si ahora los indígenas nos quisieran impedir, lo harían por su propia responsabilidad.
Los hombres se inquietaron un poco por el numero de los indígenas, que se nos reveló al acercarnos a la playa. Pero todos eran obviamente salvajes, medio desnudos y desarmados, jugando en la playa y rodando por las olas con la despreocupación propia de los niños. Todos se aglomeraron en torno de nosotros y en toda su primitividad parecían amables e inocuos. Para asegurarnos, sin embargo, nos partimos en dos, yo quedándome al barco con el capitán, mientras Fray Miguel fue con los cinco hombres que iban en busca de provisiones.
Volvieron una hora mas tarde sin haber completado su tarea y con Fray Miguel tremendamente excitado. Había sido invitado a entrar en una de las chozas, que al parecer pertenecía a uno de los sacerdotes paganos, y éste había intentado de impresionarle con varios trucos mágicos.
Al entrar en la oscuridad de la choza, me contó, el hechicero había hecho un movimiento mágico, y el interior de la choza se había llenado de luz. Después había hablado un rato en un embudo que parecía llegar hasta el Infierno, ya que Fray Miguel le oyó contestar un diablo.
Para asustar aún más al fraile el salvaje al final le enseño una caja misteriosa provista de una ventana, por la cual se vio almas tormentados. Al final fui yo con él para verlo con mis propios ojos.
Incitado por mi amigo, el hechicero repitió sus trucos. Me dí cuenta que tan solo podía mandar venir y salir la luz extraña si estaba en cierta parte de la choza, y resultó que desde allí, una cuerda llegaba a una lámpara. Al tirar de la cuerda el brujo abrió un postigo, y así salió la luz de la lámpara blindada. Tampoco tardé mucho en averiguar que los sonidos del embudo misterioso los produció él mismo.
En la caja de la ventana, había situado otra lámpara, y el humo de ésta hizo que algunas hojas que estaban encima se moviesen, haciendo parecer que figuras pequeñas aparecieran en la pantalla. Con tales maniobras diseminaba el miedo entre sus súbditos, y así había espantado a mi pobre amigo.
El capitán Lazaro se alegró bastante al vernos volver, ya que la multitud de indígenas congregados había empezado a inquietarle y él quería volver al barco cuánto antes. Yo, personalmente, me sentía más preocupado por el abismo de superstición y herejía que se había abierto delante nuestros ojos, y cómo lo iríamos a combatir.
Mi mirada se detuvo en uno de los indígenas, que estaba en una condición terrible. Con intervales regulares sufrió convulsiones de una tos horrorosa, y al tocarle la frente me dí cuenta que se estaba consumiendo de fiebre, y sin embargo ningunos de sus parientes hacía nada para ayudarle: en su superstición y apatía ya le habían dejado para que muriera.
En eso vi una oportunidad inequiparable de ganarnos la confianza de los indígenas y de acabar con el poder de los hechiceros, y por tanto decidimos llevarlo al barco para que le atendiese nuestro médico.
Este hombre hábil reconoció enseguida que hacia falta una sangría inmediata. Lentamente, nuestro paciente adquirió una tez más normal, pero el flujo de mucosidad de su nariz nos mostró que el peligro todavía no había pasado. Decidimos entre nosotros, que la trepanación ahora representaba la única posibilidad de salvarle la vida. Luchamos casi toda la noche contra la muerte, pero cuando ésta parecía inevitable el médico se retiró, discretamente, y dejó el campo a mí, ya que la lucha ya no era de la vida del paciente, sino de su alma. Le pregunté si quería renunciar cordialmente a su previa existencia animal, y como si me entendiera, un lustre aclarado apareció y llenó su rostro. Con lágrimas en los ojos le dí la absolución. Después me arrodillé y con todo mi corazón dí las gracias a Dios, que había proporcionado un augurio tan feliz para nuestra misión.
Esta mañana volvimos con el cuerpo para entregarlo a su familia, pero de esa obra de merced nos iríamos a repentir. Los indígenas estaban convencidos que nosotros habíamos matado a su paisano, y nos teníamos que escapar hacia el barco.
Como escriba ésto, hay una gran conmoción en la playa y el capitán espera un ataque en todo momento. Ha decidido permanecer aquí y poner su confianza en Dios y nuestra misión.
Por el caso de que Dios en su infinita merced nos haya preparado la corona del martirio, apunto éstas palabras para meterlas en un contenedor que encontré en la isla. Despuás que lo guíen Dios y las corrientes del mar.
Otra vez, mi alma se asombra ante la ceguedad que mantiene al hombre en las cadenas de supersticion cuando la luz de la razón es tan evidente. Que persevera en su maldad y prefiere subordinarse a sus señores crueles que recibir la liberación da la mano de personas iluminadas. Igual que un niño se deja ilusionar de quimeras transparentes y resiste la Razón.
Es irónico, que sólo en éste momento, que fácilmente podrá llegar a ser mi último, me entero del nombre de nuestro paradero, el cual consta de dicho contenedor. Porque éste tiene la inscripción COCACOLA, es decir, habitante de la Isla de Coco. En este frágil recipiente y a la protección de la todopoderosa gracia de Dios entrego éstas líneas. Fray Juan, de la Compañia de Jesús, el 29 de agosto de 1.550.'' .

 


 

Extracto del libro: "Verden" (Mundo)
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1994
First published 1994 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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