El Peregrino

 

Erase una mujer joven y pobre, que había conseguido casarse con un hombre rico, y también pudieron haber sido felices si no fuera porque no tenían hijos. Finalmente, la joven esposa empezó a temer que el marido se divorciase de ella por ser incapaz de darle un heredero, y ella, acostumbrada ya a vestir trajes de seda y a montar en el carro, pensó horrorizada en cómo sentiría tener que volver a la chabola de su madre.
Y por eso rezaba día y noche a Dios, si Él no quisiera darles a ambos un hijito. Pero Dios, cuya mirada entra en los corazones de los hombres, ya sabía que era por el carro y por los vestidos caros que quería un hijo y no le hizo caso.
Al final se fue a una comadre vieja que sabía más que Merlín, y seguramente más de lo debido, y pidió que le ayudase, pagándole una gran cantidad de dinero. Y la zorra cogió un trozo de madera y de ello cortó algo que parecía un niño.
Eso tenía la mujer que llevarse a casa y tratarlo exactamente como trataría a un hijo, bañándole y envolviéndole en mantillas, cantando para él y poniéndole al pecho. A la joven eso le parecía una exigencia más bien extraña, pero hizo como la bruja le había mandado.
Y descubrió que cuando estaba así bañándolo y envolviéndolo de mantillas, cantando para él y poniéndole al pecho, se olvidaría por completo que no se trataba de un hijo verdadero, así que un día el marido le sorprendió con él en brazo. Y ella se asustó mucho y estaba segura que ahora su marido se divorciaría de ella por creer que estaba loca, y por segunda vez pidió a la vieja que le ayudase.
-¡Al niño de madera ya puedes enterrar! dijo. -Antes que haya pasado el año, tendrás un hijo de verdad.
Y así fue; la mujer dio a luz un niño encantador, y durante algún tiempo eran muy felices. Pero como el niño se iba criando, se daban cuenta que algo no era como tenía que ser.
El niño no hablaba casi nunca, y era como si no oyera ni viera nada de lo que pasó en su entorno. En el pueblo le llamaban `el bobo' por que no sentía ni comprendía.
Y la joven comprendió que había pecado, yendo a la comadre vieja, y que aunque la bruja sí había sido capaz de darle al niño un cuerpo, su alma se había quedado con Dios, y por eso ya no quiso saber más de la vieja. Al contrario llevó, habiéndose enterado que un hombre santo se quedaba en el pueblo vecino, al niño en busca de éste, confesando su pecado y su contrición.
-Dios ve, dijo el santo, -que esta vez no lo pides para tí misma, sino para el pobre de tu hijo, y por eso cumplirá tu deseo.
Y desde aquel momento el niño empezó a comprender lo que se le dijo. Cuando llegó a la adolescencia y le dijeron cómo había estado antes, preguntó su madre, cómo podía ser que se había curado.Y su madre le explicó lo del hombre santo, y él mismo decidió a buscarle para agradecerle el beneficio.
Pero nadie sabía adonde había ido el hombre, y tardó un año en encontrarlo. El santo, empero, no quiso que le agradeciera, porque como dijo, la gloria de su curación milagrosa era de Dios solamente.
Y el bobo imploró al sabio para que le enseñara el camino a Dios. El otro sin embargo le contestó, que el camino a Dios lo tenía que buscar cada hombre por sí mismo.
Entonces el bobo preguntó al cura, pero éste le respondió que no era tan fácil decir dónde estaba Dios. Y el joven se quedó muy triste y se sentó fuera de la puerta de la iglesia, llorando.
Y se le acercó un niño pequeño como para consolarle, y tan lleno estaba el corazón del bobo que confió toda su tristeza en el pequeño, que no sabía dónde vivía Dios.
Y el niño sonrió y señaló hacía el cielo. `¡Qué bobo he sido!' se dijo el bobo. `Si es que cualquier niño sabe que Dios vive en el cielo. Pero, ¨cómo podré llegar allí?'
Y decidió encontrar la montaña más alta del mundo, siguiendo el camino hacia arriba. Pero la montaña más alta del mundo estaba muy lejos en otro país, y tardó un año más en llegar allí.
Llegó a orillas del mar, cuyas costas están siempre cubiertas de llovizna y neblina azul, y miró al horizonte hasta convertirlo en un dolor por detrás de los ojos. Dejó que el agua, bulliendo fríamente, le inundara los tobillos mientras su mirada estaba buscando un barco. Al final llegó para llevarle sobre las infinitas olas .
Llegado al otro lado, cruzó , chapoteando, el mantillo blando, se echó a subir y bajar las colinas, corriendo, y siguió los prados cuadrados por los embastes, mientras los fantasmas del cielo pasaban sobre su cabeza en rotaciones eternas. Mil veces vació sus zapatos en los desiertos, mil veces tiritó en las tundras, en mil hojas llanas se cortó en los sofocantes bosques, hasta que un día estaba al pie de la montaña y empezó su trabajosa ascensión.
Cuando el río -que sólo había podido cruzar arriesgando su vida- se había convertido en un hilo de lana azul, él todavía seguía trepando.
Cada vez que creyó estar en la cumbre, otra cima, más alta aún, le señaló que viniera, hasta que, finalmente, estaba en una que era como una madre de rocas rodeada por sus hijos, y extendió la mano hacia el sol sin poder alcanzar. Pero al llegar la noche, la luna subió al cielo como un muerto que se levanta de la tumba.
Esperó a que estuviera justo encima de su cabeza, tomó impulso y saltó, y cuando otra vez se fue, el bobo se había agarrado a ella. Y encima de su cabeza descubrió otro globo como una pelota dorada con alas, era Mercurio, y así advirtió que todos los cuerpos celestes formaban una escalera, por cuyos escalones apenas podía llegar, esparrancándose, del uno al próximo. Después de Mercurio vino Venus en su vela de seda, los pechos como agua debajo el cabello blanco. A la majestad amarilla del sol no se atrevía apenas a pisar, pero el viejo inmenso le extendió un brazo de fuego y dejo al hombre en el planeta rojo, que se sacudió como un perro sintiendo una pulga. Júpiter le miró, sospechoso, con su único ojo colorado, del anillo de Saturno llevaba un rato colgando sin encontrar dónde descansar su pie cansado. Y vio que las estrellas constituían una cinta que sí le sostendría y allí descansaba, y vieron los hombres que había llegado un nuevo signo del Zodiaco, y lo llamaban Stultus.
Cuando se despertó, vio algo que parecía un león, pero que tenía la cara de un hombre, y la extraña criatura le preguntó, amablemente, que quién era y a dónde iba. El bobo dijo que estaba buscando a Dios, y cuando oyó el criatura-león eso, escondió la cabeza tras una de sus dos alas de arriba, pero con la otra señaló hacia arriba, por que los ángeles no tienen permiso de llamar al Todopoderoso por su nombre.
Cuando el bobo había llegado otro trozo topó con una criatura cuatro veces más grande que el anterior; tenía la figura como una rueda, pero no estaba elaborada ni de madera ni de hierro sino de fuego, y estaba tachonada de ojos. Y todos los ojos guiñaban y le miraban críticamente, y le preguntaron con una voz que le obligó a taparse las orejas las mismas preguntas de antes, que quién era y qué hacía por allí.
Mentó el nombre de Dios, y esta criatura también le dejó pasar. Así pasó por puerta tras puerta y centinela tras centinela hasta llegar, finalmente, al cielo de los cielos.
Y también este cielo tenía sus ángeles, y vinieron corriendo hacia el, le rodearon y le gritaron, cortándose la palabra: `¡Señor! ¡Señor!¨Dónde has estado? ¡Te hemos buscado en todos lados sin encontrarte!'
Pero Gabriel, quien era el mayor, les reprendió y les dijo: `Sabéis bien que Dios, cuando el día esté fresco, anda por el jardín que El ha creado. Pero también sabéis que dondequiera que ande el Todopoderoso, siempre volverá.'

 


 

Extracto del libro: "Verden" (Mundo)
Traducido por Carsten K. Agger
COPYRIGHT © Erwin Neutzsky-Wulff and Borgen Publishers,1994
First published 1994 by Borgen Publishers, Valbygaardsvej, Copenhagen Valby
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